|
(IAR-Noticias)
01-Ag-05
Informe especial
Saddam
Hussein, el ex hombre fuerte de Irak que fuera destituido por la invasión militar
norteamericana de marzo de 2003, ya en condición de preso de las fuerzas de
ocupación, sigue protagonizando episodios que concitan la atención de la
prensa internacional.
Versiones salidas de fuentes sunies
-difundidas principalmente por las agenciaas Reuters y AP- vienen
advirtiendo que el juicio -todavía sin fecha- del ex presidente, quien
podría ser condenado a muerte, va a incrementar la ola de ataques
rebeldes que ahora se sitúa -según los jefes militares estadounidenses-
entre 50 y 60 acciones diarias.
Esos ataques están prioritariamente
dirigidos contra el aparato militar y policial colaboracionista iraquí, que ha
sufrido más de 2000 muertos en lo que va de 2005, y las fuerzas de
ocupación norteamericanas que han perdido más de 370 militares en el curso de
este año, según conteos de la prensa internacional.
Asimismo (y aquí reside el principal
foco de una guerra civil en potencia), desde las elecciones de enero
pasado, los rebeldes situaron como blanco de sus ataques diarios a
entidades, políticos y personalidades de la comunidad chíita (60% de la
población iraquí) que fueron muertos por centenares en atentados con explosivos
y otro tipo de acciones.
Otro dato que tienen en cuenta los
expertos y los oficiales norteamericanos, es que la mayoría de la policía
y el ejército iraquí que colabora con las fuerzas de ocupación estadounidenses,
son de origen chíita, en segundo lugar, kurdo, lo que genera conflicto con los
sunies (25% de la población).
Además, y como efecto multiplicador
del conflicto, los llamados "escuadrones de la muerte" (comandos
entrenados por fuerzas especiales cuya misión es el "asesinato selectivo" de
dirigentes y militantes de la resistencia suní), están integrados por chiíes y
kurdos, que actúan como "torpedos" ejecutores y protagonizan el costado "sucio"
de la represión.

Según los informes de inteligencia
revelados por The New York Times, The Washington Post y Newsweek,
ya funcionan en Irak brigadas especiales y "escuadrones de la muerte",
formados por chiítas y kurdos, orientados a la "cacería permanente" de
combatientes y militantes rebeldes suníes.
Toda esta sumatoria de factores,
agregado al ancestral conflicto étnico y religioso, lleva a los especialistas y
a la propia oficialidad norteamericana a concluir que cualquier acción que ponga
nuevamente la situación "fuera de control" (como sucedió en abril de 2003
con la confluencia de un levantamiento armado de chiíes) puede precipitar un
cuadro indetenible de guerra civil.
Y en este contexto de apreciación, un
juicio a Saddam Hussein, donde éste puede ser condenado a muerte, podría
convertirse en un detonante clave de un conflicto armado entre suníes y
chiíes, que, para muchos, ya está en estado larval a raíz de los atentados y
muertes diarias de políticos, clérigos y ciudadanos chiíes.
En noviembre del año pasado, medios y
analistas norteamericanos lanzaron la versión de que la Casa Blanca
y el Pentágono habían decidido convertir el juicio de Hussein en un "show
mediático" que arrimara votos a la reelección de George W. Bush.
Saddam
está acusado de "crímenes contra la Humanidad" por la utilización
de gases contra los kurdos de Halabja (1988), el aplastamiento de la rebelión
chiíta (1991), las fosas comunes (1991), la guerra contra Irán (1980-1988) y la
invasión de Kuwait (1990), y el farsesco tribunal que lo juzgaría, compuesto
mayoritariamente por chiítas, iba a pedir su condena a muerte.
No obstante, las autoridades de
Washington desistieron de la realización del juicio, principalmente por
temor a que la presencia de Saddam Hussein ante un tribunal incrementara la
escalada rebelde que había comenzado en los tramos decisivos de la elección
presidencial en EEUU.

También por los mismo motivos, los
altos mandos en Irak habían suspendido la planeada ofensiva militar a gran
escala en Faluya -que se concretó este año- para horas antes de las
elecciones buscando el objetivo de darle a Bush un "gran triunfo militar"
antes de la votación en la urnas.
Aún entre rejas Saddam, el gobierno iraquí
compuesto por kurdos y sunies (sus viejos enemigos) así como los jefes
militares norteamericanos siguen temiendo la influencia del ex presidente
sobre los sectores más "militarizados" de la resistencia iraquí compuesta
por ex militares de élite del régimen que manejó Irak antes de la invasión.
Luego de
replegarse, antes de que los marines ingresaran a Bagdad, Saddam Hussein se
refugió en la región comprendida entre Ramadi, Faluya y
Tikrit, el denominado triángulo suní (la región donde más bajas han
sufrido las fuerzas ocupantes), lugar de su nacimiento en el cual reclutaba sus
oficiales, policías, verdugos, guardaespaldas y funcionarios de
más confianza.
Allí se refugiaron
parte de
los aproximadamente 50.000 agentes de los Servicios de
Seguridad y fuerzas de élite que
conformaban el núcleo estratégico de lo que se denominó el "Tercer Anillo"
de la defensa de Bagdad, que abandonó la capital iraquí mucho antes de que las
fuerzas militares de EEUU la tomaran.
Los
comandantes norteamericanos temen más que a nada a esa fuerza de militares
profesionales y de inteligencia estratégica (que conformó la vanguardia de élite
del ejército de Saddam) y que pasó a desarrollar técnicas de guerrilla urbana
tras su paso a la clandestinidad.
Parte de ese contingente, hoy
planifica, organiza y coordina las acciones más peligrosas contra las
fuerzas norteamericanas y sus colaboradores del ejército y la policía iraquí, y
conforma el sustento propiamente militar de la resistencia.

Este circuito, sembrado cada vez más de
cadáveres civiles, se reotroalimenta con el
odio al invasor
norteamericano que genera, y que arrima cada vez más militantes a
la resistencia iraquí, cuyo número, según los propios militares norteamericanos, crece día a día.
Si
bien no hay precisiones de inteligencia sobre el actual grado de influencia
que ejerce Saddam sobre esa fuerza, los mandos y la inteligencia militar
norteamericana en Bagdad consideran que los rebeldes van usufructuar la
presencia de Saddam frente a un tribunal de enjuiciamiento, que tendrá un "show mediático internacional" como escenario predominante.
Sectores de la inteligencia militar "anti-Bush", utilizando a los influyentes
The Washington Post y The New York Times, vienen alertando, desde
fines de 2004, sobre una guerra civil en gestación promovida por dos
factores principales: la exclusión de los suníes del proceso electoral y del
nuevo gobierno, y los diarios ataques y atentados a que es sometida la comunidad
chiíta por parte de la resistencia suní.
Estos mismos sectores son los que hoy advierten que el juicio y condena de Saddam podría desatar un "baño de sangre" sin parangones en Irak.
A
estas advertencias se suman las agencias Reuters y Associated Press
quienes reportan casi a diario la opinión de distintos sectores de la comunidad
suní como de la chií, cuyas voces coinciden en que el juicio de Saddam Hussein
puede detonar un conflicto armado entre sunies y chiíes.
Este viernes decía Reuters: "la
violencia ha continuado imbatible y la efervescencia árabe sunita continuaba en
las calles de Bagdad el viernes en medio del temor de que los enfrentamientos
entre comunidades chiítas y sunitas pueda derivar en una guerra civil".
Hay quienes
sostienen, en el plano del análisis estratégico, que para Bush y los
halcones un proceso de guerra civil resultaría viable y provechoso
dado que permitiría a sus fuerzas de ocupación salirse del blanco de los
rebeldes iraquíes cuyas energías estarían canalizadas en un enfrentamiento con
los chiíes.
Otro punto de
"aprovechamiento" de una guerra civil en Irak para Washington -según esa
visión- se encuentra en el impacto que la misma produciría en el plano
internacional.
Con Irak sumido en
un conflicto armado entre suníes, kurdos y chiítas, a la administración Bush le
sería relativamente fácil operar en el Consejo de Seguridad de la ONU la
intervención de una "fuerza multinacional de paz" que tenga a la OTAN
como sustento militar.
Ni Francia, ni
España, ni Alemania, hoy países "críticos" a la política militar de ocupación de
Irak, podrían negarse a integrar una "coalición de paz", aún sabiendo que detrás
de ella se encuentra la mano de Washington y del Pentágono.
En ese escenario,
con la guerra civil como telón de fondo, Bush y los halcones seguirían
controlando la administración, el petróleo, y los negocios de Irak, mediante un
gobierno títere y la supremacía de su fuerza militar sobre la OTAN y las
potencias "aliadas".
Más allá de esta
visión, los militares y la inteligencia norteamericana, sus más influyentes
medios de prensa, vienen advirtiendo sistemáticamente a Bush y a la Casa Blanca
que la presencia de Saddam Hussein en un estrado judicial sería como encender
la mecha de la guerra civil.
|