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Thursday, 31 de March de 2005

Marginación, violencia y drogas

Pandillas maras: la guerra de los excluidos

Hay alrededor de 250.000 jóvenes centroamericanos agrupados en las maras (pandillas juveniles) , especie de hermandad marginal producto de una sociedad de consumo criminal y transnacionalizada que destruyó sus identidades y sus lazos afectivos con su comunidad de origen. Su horizonte inmediato está compuesto por la violencia, las drogas y la delincuencia. Pero también están en "guerra" contra los gobiernos de "mano dura" que los reprimen con cárceles y "escuadrones de la muerte".

(IAR-Noticias)  31-Mar-05

Hay alrededor de 250.000 jóvenes centroamericanos agrupados en las maras (pandillas juveniles) , especie de hermandad marginal donde sus integrantes encuentran el afecto que no hay en sus desintegradas familias.

Pero también inician el camino de la violencia, las drogas y la delincuenciay están en "guerra" contra los gobiernos de "mano dura" que los reprimen con cárceles y "escuadrones de la muerte".

El Imperio norteamericano, que hoy sufre el efecto boomerang de estas pandillas, fue quien las procreó con la marginación, las drogas distribuidas por la redes de la CIA, y una sociedad de consumo criminal que destruyó sus identidades y sus lazos afectivos con su propia comunidad de origen.

En una región donde 70% de sus 34 millones de habitantes vive en la pobreza y la marginación, las maras crecieron como plantas silvestres de un sistema de miseria y de exclusión social.

Son el rostro viviente de lo que deja el capitalismo carnívoro y transnacionalizado en la franja más pobre y marginal del continente latinoamericano.

Algunos integrantes son jóvenes que emigraron a EEUU y aprendieron el arte de las pandillas, cuyas enseñanzas trajeron cuando fueron deportados. "Y por delitos gravísimos", dijo el presidente salvadoreño Saca, abanderado de la política represiva. En su país, dijo a la radio hondureña HRN, hay "4.000 'mareros' encarcelados".

Las maras comenzaron a surgir en la década de los 90, luego de los procesos de paz entre las guerrillas izquierdistas y el gobierno de El Salvador (1992) y en Guatemala en 1996.

El fenómeno se extendió a Honduras, donde no hubo guerra civil, pero si prevalecían las causas que originaron los conflictos armados en América Central: pobreza, marginación, desempleo y deficientes servicios de educación y salud públicas, además de la consecuente desintegración familiar, alentada por la situación descripta.

Las principales pandillas, la MS y la M-18, están consideradas como las más peligrosas de la región y sus redes se extienden a México y Estados Unidos.

Ambas nacieron en Los Ángeles, California, formadas por hijos de inmigrantes que no pudieron integrarse socialmente o que se sintieron marginados en Estados Unidos.

"Yo fui parte del embrión de las maras en Los Angeles. Era de la Mara alvatrucha, integrada en su mayoría por salvadoreños, y entonces me apodaron ‘El Catracho’, como ahora soy conocido en la penitenciaria", dijo a la AFP en la cárcel un ‘marero’, que dijo llamarse Mario, de 45 años.

"La mara se forma cuando la gente no tiene trabajo, no tiene familia, y ahí busca cariño, amigos y solidaridad", declaró a la agencia AFP ‘El Catracho’, quien dice que ya dejó las pandillas.

Los gobiernos, que fueron incapaces de rehabilitar a los jóvenes mediante la inclusión social, el estudio y el trabajo, recurren a una política de represión y cárcel para hacer frente a un problema cuya solución es, para otros, de índole económico-social.

Las administraciones de Honduras, El Salvador y Guatemala han emprendido una ofensiva represiva contra las pandillas armadas, a las que se les atribuye múltiples hechos violentos que -según los voceros oficialistas- han "alterado la paz social" en los tres países centroamericanos.

Los presidentes (títeres de Washington) de Centroamérica se reunirán el viernes en Tegucigalpa, Honduras, para buscar una política eficaz ante el imparable avance de estas pandillas de jóvenes delincuentes contra las que fracasaron hasta hoy todas las medidas sociales y represivas para contenerlos.

En Honduras, el Parlamento incluso incrementó las penas de cárcel contra los jefes de ''maras'' y los que sólo son miembros comunes.

El Salvador, Honduras y Guatemala -los tres países, con altos índices de pobreza- iniciaron en 2003 una política de "súper mano dura", sin resultados. Durante el encuentro del viernes harán un balance de esa cuestionada estrategia basada en la represión policial, en el encarcelamiento compulsivo, y hasta en el asesinato.

Asistirán el presidente anfitrión, Ricardo Maduro, y sus pares de El Salvador, Elías Antonio Saca; Guatemala, Oscar Berger; Costa Rica, Abel Pacheco, y Nicaragua, Enrique Bolaños. También concurrirán, representantes de Estados Unidos y México.

Los mareros no sólo son encarcelados, hay declaraciones (de testigos protegidos) de la existencia de escuadrones de la muerte apañados por el poder, que son utilizados para asesinarlos ilegalmente y sin dejar rastros.

Funcionarios que se atrevieron a denunciarlos fueron silenciados y despedidos por su gobierno.

Hormigas depredadoras

Guatemala, Honduras y El Salvador son los países más afectados por las maras, contracción del término marabunta: una colonia de hormigas depredadoras carnívoras de las selvas de Sudamérica.

Los jóvenes de "Mara Salvatrucha", "Mara 18" u otros grupos andan tatuados, con la cabeza rapada y ropa holgada. "Son un desarrollo de los años 90, corolario de tantos años de pobreza, marginalidad, abuso doméstico y fallas del sistema educativo", denunció el comisionado de Derechos Humanos, Ramón Custodio.

Hay infinidad de testimonios parecidos de un fenómeno social dramático que reúne, en un círculo vicioso, juventud, abandono y miseria, migración a Estados Unidos —en particular a Los Angeles, California—, droga y ultraviolencia.

Iniciadas hace varios años como barras juveniles de diversos barrios, se "transnacionalizaron" y devinieron en verdaderas organizaciones criminales, con "códigos de ética" similares a los de la mafia italiana, de acuerdo con un estudio de la Universidad Centroamérica (UCA) de El Salvador.

Jóvenes, hombres y mujeres de hogares pobres y desintegrados, conforman esas maras que tuvieron como única respuesta del Estado y los gobiernos la represión, encarnada en el término acuñado por el presidente salvadoreño "Tony" Saca, como la política de "súper mano dura", el eslogan con que ganó las elecciones de 2004 y
que hasta hoy no pudo frenar el fenómeno.

La iglesia Bautista de Avivamiento, en Puerto La Libertad, este de El Salvador, se llena de jóvenes que buscan aprender un oficio para escapar de las maras.

Pero no es fácil, en ése y otros países de la región, vivir del sueldo de electricista o albañil, si es que consiguen trabajo. Un ex seminarista jesuita, ahora miembro de la iglesia, Mauricio Castro, se encarga de atender a los mareros. Y aclara: "Difícil, pero no imposible". Luego reconoce que "lo más duro es hacer que la sociedad deje de estigmatizarlos como personas malas".

Detrás de esos rostros endurecidos por la tragedia están la pobreza, la marginación, el desempleo y los deficientes servicios de educación y salud públicas, además de la desintegración familiar producida por el abandono y la exclusión social.

Los funcionarios y los especialistas consideran que los tentáculos de la mara se extienden a México y EEUU, cuyos gobiernos ya comenzaron a manifestar su "preocupación"por estos ejércitos de marginales que comienzan a poner en peligro la "seguridad" de sus sociedades integradas al sistema.

El efecto boomerang en EEUU

A comienzos de los años noventa, Estados Unidos inició una política de deportación de "criminales", muchos de ellos pandilleros de la M-18 o de su rival la Mara Salvatrucha (MS).

"La situación es alarmante. Así como nosotros exportamos problemas hacia Honduras o El Salvador 15 años atrás, esta gente regresa ahora a nuestro país", contó un funcionario estadounidense a la agencia AFP.

Actualmente, las pandillas son consideradas uno de las principales pandemias que diezman países como México, El Salvador, Guatemala, Ecuador, Honduras, Canadá y muchas ciudades de Estados Unidos,

"Esta gente regresó a sus hogares, pero llevaron todo lo que habían aprendido en Los Angeles, como robar, vender drogas y matar. Crecieron y establecieron una red de intercambio", señaló el funcionario.

La deportación de centroamericanos no detuvo la ola de pandillas en Estados Unidos. Todo lo contrario, desde 1992, el número de pandillas creció en proposiciones extraordinarias, según afirman expertos en el tema.

El Centro Nacional de Pandillas Jóvenes estima que más de 750.000 jóvenes marginales aterran los barrios estadounidenses. En California hay más de 365.000, de los que 100.000 están en el condado de Los Angeles.

El número se quedó corto, según el funcionario entrevistado por AFP quien asegura que tan sólo en la ciudad de Los Angeles, hay 200.000 pandilleros.

"Más de la mitad de los homicidios de la ciudad fueron perpetrados por pandillas...y estoy siendo conservador", añadió.

El funcionario puede recitar los nombres de cada una de las maras de la ciudad. Sabe su historia, cómo se mueven, dónde venden armas y drogas, sus líderes, sus odios y sus alianzas.

Lo que no sabe, o no quiere saber este funcionario, es que su país, el Imperio norteamericano que hoy sufre el efecto boomerang de estas pandillas, fue quien las procreó con la marginación, las drogas distribuidas por la redes de la CIA, y una sociedad de consumo criminal que destruyó sus identidades y sus lazos afectivos con la sociedad.

Con información de AFP / EFE / AP /


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