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(IAR-Noticias) 09-May-05
Por Arturo Van den Eynde*
/ Edición, presentación: IAR-Noticias
Después de algunos titubeos, la palabra
globalización se ha impuesto, diríase
que definitivamente, para designar los cambios económicos producidos en las dos
últimas décadas del siglo XX, y los cambios políticos, sociales y culturales
relacionados.
Puede que la impresionante manifestación de Seattle contra la reunión de la
Organización Mundial del Comercio haya sido el momento simbólico de una toma de
conciencia colectiva e internacional. Antes de la que ha dado en llamarse
"primera movilización del siglo XXI", hubo otras acciones que se describieron
como protestas o revueltas contra la globalización, pero lo eran en un sentido
objetivo, por así decir, independiente de la intención explícita de los
protagonistas.
En cambio, en Seattle había ya conciencia de resistir y protestar contra la
globalización capitalista, y conciencia del ámbito realmente global de la
protesta.
Polémicas
Podemos considerar casi zanjada la polémica que se venía desarrollando en los
medios de izquierda acerca de la realidad o no de un globalización entendida
como una etapa especial, como un salto, en la evolución económica del sistema
dominante, que se habría producido más o menos en el último cuarto del siglo que
acaba y vendría a definir los datos de partida del nuevo siglo, del que
comienza.
En la polémica de los años noventa, algunos autores vinculaban las posiciones de
izquierda a la negación de la globalización: "un mito" según algunos,
"nada más
que imperialismo" según otros. El último libro de Marta Harnecker todavía rinde
cuentas de esta polémica, y cita a Hirst y Thompson como los más voluntariosos
defensores de esta negación, y muy merecidamente a François Chesnais como el
especialista que más ha hecho para que la realidad de la globalización fuese
aceptada y considerada desde una óptica marxista.(2)
La verdad de esa larga polémica es que quienes, desde la izquierda, se
obstinaban en negar la realidad de un salto en la interpenetración mundial del
capitalismo, en el proceso histórico de formación de un mercado mundial o en la
división internacional del trabajo, lo que realmente lograban demostrar eran las
limitaciones y las contradicciones del salto dado.
Ciertamente, la globalización del sistema capitalista no es la creación de un
ámbito económico mundial barrido por corrientes niveladoras, integradoras y
enriquecedoras, como pretenden los entusiastas del mercado.
De un lado tiene limitaciones insalvables, por ejemplo, el porcentaje de la
producción mundial destinado a la exportación, aún hoy, ronda tan sólo el
15%(3).
De otro lado, presenta desigualdades crecientes, pues el comercio mundial (en
más de un 50%) y la inversión de capital en el extranjero (en más de un 75%) se
concentran en tres únicos polos: EEUU, Japón y la UE. Y excluye áreas enormes
del planeta, en África por ejemplo, marginándolas de los flujos de mercancías y
de capitales.
Negando los mitos de la globalización, este sector de la izquierda cayó en
pensar que la propia globalización era un mito. Queriendo destacar las
limitaciones y contradicciones del hecho, vino a decir que el hecho no existía.
Hoy las cosas están más en su punto: la globalización es una realidad económica,
un verdadero salto en la concentración mundial del capital, pero un hecho
contradictorio, atravesado por fuertes corrientes desniveladoras,
desintegradoras y excluyentes de países y de seres humanos.
Hasta hace poco la izquierda mantenía viva otra polémica. La globalización
económica, para algunos, vendría a ser un resultado perverso de las políticas
neoliberales de ciertos gobiernos de la derecha. Y apenas nada más. Quizá James
Petras fuese el más conocido defensor de este punto de vista.
La conexión compleja entre los hechos económicos, sociales y políticos, los
cambios tecnológicos, los efectos de la concurrencia capitalista sobre la
concentración de los capitales, el agotamiento de otras vías de desarrollo del
capitalismo, etc., se dejaba entonces en la sombra.
Pero ahora asistimos a una conciencia mayor en los movimientos sociales y
partidos de la izquierda, del carácter "global" de la propia globalización, en
el sentido de que se trata de un proceso con dimensiones políticas, pero también
técnicas, económicas, sociales y culturales; en definitiva, de un giro histórico
notable del capitalismo.
Si admitimos que la cumbre internacional convocada desde Chiapas fue, antes de
Seattle, la convocatoria más significativa de los tiempos que corren, cabe
recordar su lema: Por la humanidad contra el neoliberalismo. Poner la atención
en las políticas neoliberales, con preferencia a la globalización, era
característico de toda la izquierda de los años noventa.
En Seattle, en cambio, la protesta contra las nuevas propuestas "liberalizadoras"
de la Organización Mundial del Comercio ya se llamó protesta contra la
globalización.
Es un progreso. A través de las polémicas, la izquierda está admitiendo que la
globalización designa un giro económico notable en el desarrollo del sistema
capitalista y está ya investigando sus características, sus efectos de todo
orden y buscando las mejores estrategias a seguir.
Empresas mayores que Estados

Además, las primeras definiciones de la globalización eran todavía muy
abstractas. Manejaban conceptos demasiado amplios de manera muy poco precisa:
"subordinación de la política a la economía", "funcionamiento del capital como
unidad mundial en tiempo real", "capitalismo especulativo", o la que hizo mayor
fortuna: "dictadura de los mercados"(4). En los últimos tiempos se suele
identificar con otra idea: "la economía Internet" o "nueva economía".
Cada una de estas definiciones pone el acento en una particularidad real de la
globalización, y ofrece un punto de partida para su investigación en
profundidad.
Pero poco a poco, todas estas líneas de investigación han ido
confluyendo en torno a un hecho primordial, el más fundamental de esta etapa
económica: el dominio abrumador de un reducido número de empresas
transnacionales de dimensiones gigantescas, mayores que Estados, sobre la
producción, el comercio y las finanzas mundiales.
La concentración del capital mundial en estos grupos o Compañías, en una
proporción aplastante, que implica modificaciones de todo tipo, en la economía,
en la sociedad, en la vida política, en la cultura, etc., es seguramente el
aspecto más definitorio de la globalización.
Se trata de algo muy concreto. Aproximadamente un tercio de todo el comercio
mundial se realiza dentro de las 37.000 "multinacionales" censadas en 1994(5),
entre sus casas matrices y sus filiales, y otro tercio entre unas y otras, en
definitiva dentro del sector multinacional.
Pero incluso estas cifras son pobres para retratar la realidad de la
globalización. Hay que quedarse con las 200 mayores empresas, por ejemplo, para
lograr una imagen realista del sistema económico que gobierna la vida
material de los seis mil millones de seres humanos que habitamos este planeta. Clairmont
y Cavanagh(6) tienen el mérito de haber señalado a los verdaderos amos del
mundo, al revelar el poder real, concreto, físico, de los 200 mayores grupos
transnacionales.
La cifra de negocio anual de estos gigantes es nada menos que la cuarta parte
(26,3%) de la producción mundial, crece a un ritmo doble de lo que crece el
Producto Interior Bruto de los 29 países industrializados que integran la OCDE,
y supera ya a la producción total sumada de los otros 182 países que no forman
parte de la OCDE, pero donde vive la inmensa mayoría de la humanidad.
Aquí no estamos ya en el terreno de los conceptos, sino en el de las fuerzas
físicas, con sus nombres y apellidos y sus modos de actuar, confrontados a la
realidad de un poder que se eleva sobre todos los demás poderes humanos de una
manera muy clara y agresiva.
Por eso no es un slogan izquierdista ni una frase de efecto decir que la
globalización es la dictadura económica mundial de 200 multinacionales, más o
menos. Y poco a poco, entre las fuerzas sociales y políticas que resisten a los
efectos de la globalización y se preguntan sobre las alternativas, se está
llegando precisamente a esta conclusión.
Nombres y apellidos

La lista de estos 200 gigantes está en perpetuo movimiento, precisamente porque
las fusiones y absorciones entre ellas, y entre las mayores de ellas,
constituyen uno de los medios principales de mantenerse en la cumbre de esta
pirámide del poder económico. Pero, para dar nombres, enumeremos, por ejemplo, a
algunas de las mayores empresas transnacionales de carácter no financiero: Shell,
General Motors, Ford, Exxon, IBM, Exxon, AT&T, Mitsubishi, Mitsui, Merck, Toyota,
Philip Morris, General Electric, Unilever, Fiat, British Petroleum, Mobil,
Nestlé, Philips, Intel, DuPont, Standard, Bayer, Alcatel Alston, Volkswagen,
Matsushita, Basf, Siemens, Sony, Brown Bovery, Bat, Elf, Coca-Cola... entre las
clásicas; Microsoft, Cisco, Oracle, entre las nuevas. Entre los bancos: IBJ/DKB/Fuji,
el Deutsche, BNP/Paribas, UBS, Citigroup, Bank of America, Tokio/Mitsubishi...
¿Dimensiones de estos gigantes? Si nos atenemos a sus ventas, las de General
Motors han superado la producción nacional de Dinamarca y de cerca de otros
doscientos países. Si nos fijamos en su valor bursátil, sólo había en marzo de
este año, en todo el mundo, diez Estados cuya producción nacional superase en
valor al de las acciones de la empresa de sistemas de Internet Cisco Systems.
Si hablamos de beneficios, los que repartió entre sus accionistas la General
Electric en 1997 superaban la producción anual compartida por los 40 millones de
habitantes del Congo-Zaire. Si hablamos de empleados, los de la General Motors
superan a las fuerzas armadas de muchos Estados del mundo.
Pero detrás de los nombres de las empresas que dominan el mundo están los
nombres y apellidos de sus propietarios. Y llegados a este punto, la
globalización nos enfrenta con una oligarquía mundial de una riqueza y de un
poder tan concentrados como no se vieron en ninguna otra etapa histórica de la
humanidad.
Casi nada queda de la vieja aristocracia de siglos atrás, si no tuvo la
precaución de participar de las grandes empresas capitalistas, cosa que sí han
hecho las familias reales de Gran Bretaña y Holanda, o algunas dinastías árabes.
Estas dinastías supieron transformar sus viejos privilegios de sangre en
acciones contantes y sonantes. Pero ahora el sistema capitalista creó a lo largo
del siglo XX nuevas dinastías, mucho más poderosas que las de siglos atrás.
Sus apellidos ya no nos remiten a unas tierras, sino a un automóvil, un
chocolate, una nevera o una cerveza. Entre los más ricos de los ricos, muchos
nombres de familia están en los escaparates del capitalismo: Guinness, Ford,
Philip, Merck, Ferrero, Henkel, Peugeot, Bosch, Dassault, Michelin, Heineken o
Barilla...
Son sus mayores accionistas. Y hay otros apellidos no menos, sino más conocidos
que los nombres de sus empresas, como el del ser humano supuestamente más rico
del mundo, al menos hasta este mes de abril: Billy Gates (Microsoft), o el
famosísimo especulador Georges Soros, o Larry Ellison, de Oracle, que según
dicen ha destronado a Gates. En fin, junto a estos novísimos ricos hay familias
industriales y financieras muy antiguas, casi con solera: las de los Agnelli,
amos de la Fiat, los Quandt (40% de BMW), los Rothschild, los Rockefeller
de la
Stardard Oil, en España los Botín del BSCH.
Cuando se cita ese dato espeluznante de que 225 de entre estos multimillonarios
poseen fortunas personales superiores a los ingresos anuales de 2.500 millones
de personas, las más pobres del planeta, hablamos de su injusta e insultante
riqueza.
Pero cuando los relacionamos con la propiedad de esas 200 empresas que
concentran una desproporcionada parte del capital mundial, entonces hablamos ya
de su poder, no sólo de su riqueza.
Más escandalosa que su riqueza es el hecho
de que, para mantenerla y acrecentarla, dirigen en provecho privado una parte
tan notable de la fuerza productiva de la humanidad, que convierte al resto de
las personas en súbditos suyos, y como tales, explotados, expoliados o
empobrecidos.
Mercado y monopolios

Explicar la globalización como un triunfo del mercado no deja de ser una ironía.
Estamos hablando de empresas cuyo dominio sobre el mercado presenta muy pocas
fisuras. A través de una escalada de macrofusiones, va quedando en cada sector
económico un número tan reducido de empresas que, por acuerdo mutuo, están en
condiciones de determinar para bastante tiempo, no sólo los precios de venta,
sino incluso los precios de compra.
Imponen a las empresas menores que les
suministran materias primas y auxiliares, componentes y productos semiacabados,
precios de compra imposibles.
Se habla de "triunfo del mercado" en un sentido propagandístico, cuando los
gobiernos desmantelan los viejos monopolios nacionales y liberalizan el sector.
Pero la consecuencia es la ocupación del sector, a una escala continental o
mundial, por media docena de compañías multinacionales que dejan muy poca
libertad al mercado.
Con ocasión de la reciente fusión entre Volvo y Renault, se hizo patente que
entre sólo tres grupos transnacionales copaban el 65% de todo el mercado mundial
de camiones. Y entre cinco cubren casi el 60% del de automóviles. Las 10
primeras empresas de comunicaciones controlan el 86% del mercado...
Pero la conciencia de que la globalización no es tanto libertad de mercado como
concentración monopolista de alcance mundial está sobre todo vinculada al
proceso que las autoridades norteamericanas de vigilancia de la competencia
emprendieron contra Billy Gates y su empresa Microsoft.
La política de Billy Gates, que encarna como nadie al capitalismo actual, es un
ejemplo de utilización de una elevadísima cuota de mercado (en este caso en
Software) para imponer otro producto suyo (Explorer) contra los de la
competencia. Este poder puede servir para innovar (en teoría), lo mismo que para
controlar y suprimir, si cabe, la investigación.
Precisamente la creciente importancia de la conexión informática entre empresas
y particulares se ha convertido en un terreno especialmente propicio para
prácticas monopolistas. La red que, en principio parecía un nuevo espacio de
libertad, es objeto hoy de la especulación de las mayores empresas del mundo, en
casi todos los sectores. Aspiran a convertirla en una red cautiva desde la cual
imponer la circulación de sus productos y excluir los de la competencia.(7)
Especulación y producción
Los primeros análisis de la globalización comenzaban por destacar, sobre todo,
la amplitud y la violencia de los movimientos especulativos del capital, a lo
ancho del mundo, y las dimensiones del capital de especulación, que apenas
entraba en la inversión productiva.
La importancia del fenómeno era tal que algunos vieron la globalización como un
capitalismo donde el beneficio especulativo dirigiría la producción. Se ponía
tanto énfasis en este aspecto parcial de la realidad, que a veces se ocultaba la
otra cara de la moneda: que este parásito insaciable que es el capital
especulativo, no puede alimentarse de meros títulos (acciones, bonos, etc.) sino
que devora materia viva.
Por grande que sea la especulación, no vive del aire, sino que consume la parte
de la producción que queda como beneficio de las empresas. El capital ocioso
sólo puede reventar como un globo vacío o vivir alimentándose de las ganancias
del capital productivo (del que es un parásito).
Poco a poco ha ido quedando también más claro que los agentes principales de la
especulación son las mismas empresas multinacionales, financieras o no. La
inversión meramente especulativa es una parte complementaria de la actividad
económica principal de casi todas estas 200 empresas, financieras, industriales,
o comerciales, hacia la que canalizan su capital "sobrante" (que no pueden
invertir con los mismos márgenes de ganancia en su actividad principal) o
inmovilizado, como ocurre con los fondos de pensiones.
Como la mayor parte de los movimientos especulativos son anticipaciones de
decisiones de política industrial o comercial, los grupos transnacionales se
parecen a aquellos que en las apuestas sobre carreras y combates son a la vez
apostadores y competidores, por lo que ganan casi siempre.
Las compras o ventas
de títulos, divisas, bonos, etc., por parte de los especuladores ligados a las
grandes transnacionales anticipan las fusiones, ampliaciones o crisis de sus
propias empresas, sea para ampliar las ganancias, sea para compensar las
pérdidas.
En los últimos años se ha hablado sobre todo de estos fondos privados de
pensiones. Los fondos de pensiones están formados por una parte del salario
aplazado del trabajador, que la empresa negocia en la esfera financiera, antes
de retornarlo a sus asalariados (si no hay quiebra) como pensión de jubilación.
Parece que las dimensiones de estos fondos superan ya las de los bancos. Los de
las tres grandes del automóvil norteamericano (Ford, General Motors y Chrysler)
en 1995 doblaban de sobra "las reservas del Estado japonés, que es el Estado que
tiene más reservas en el mundo".(8)
Más recientemente destacan los intentos de las grandes empresas de pagar a sus
empleados en acciones a largo plazo (Telefónica), convirtiendo así una parte del
salario en capital de especulación, animando la tendencia observable en Estados
Unidos a convertir el ahorro popular en capital de especulación, incluso de
especulación de alto riesgo.
Colonización y destrucción de recursos

Las multinacionales tienen patria: la de sus propietarios mayoritarios. De eso
no debe caber la menor duda. Las 200 mayores tienen sus sedes bien establecidas
en tan sólo 17 países de los 211 Estados independientes que cuenta la tierra.
Pero 176 de ellas, según Clairmont, están radicadas en sólo 6 potencias
financieras. Bastante más de una tercera parte (74) son norteamericanas.
Para que no quede duda de que se trata de lo más parecido a un club de 200
bandidos, la única multinacional española contada entre ellas es Telefónica, es
decir una empresa cuyos beneficios están asociados, según los sindicatos, a la
sobreexplotación del trabajo precario; según los consumidores, al monopolismo y
al fraude; según los países latinoamericanos donde se ha instalado, al
colonialismo; una empresa en cuya dirección reina, según los partidos de
izquierda, el nepotismo político y la corrupción.
Después de Estados Unidos, el Estado donde están radicadas más multinacionales
es Japón, con 152 de las 500 mayores no estadounidenses; hay 75 inglesas, 47
francesas, 42 alemanas, 22 canadienses, y 15 italianas, por lo que el Grupo de
los Siete (el G-7) viene a representar al 80% de las multinacionales. Fuera de
este grupo, apenas Suiza, Corea, Suecia, Australia, y Holanda pasan de la
docena.(9)
El caso es que la nacionalidad de las 200 multinacionales traza un mapa del reparto del poder en el mundo entre los Estados, con más precisión que cualquier
otra circunstancia económica (demografía, crecimiento de la producción, recursos
naturales, nivel cultural...).
Todos sabemos el peso de la tecnología en la eficiencia productiva. Imaginemos
que un Estado quiere competir en este terreno, dedicando medios humanos y
financieros a la investigación. ¿Pero acaso un Estado, como fuerza económica,
puede medir sus recursos con los de uno de estos gigantes del capital privado,
capaz de monopolizar la investigación científica en varios países? Hoy los
países industrializados acaparan el 97% de las patentes, monopolizando el
progreso.
Como consecuencia, la desigualdad entre países ricos y pobres no puede verse
como un punto de partida. Debe considerarse como un efecto constante y creciente
del sistema económico mundial. Si en 1960, el 20% más rico de la humanidad
disponía de una riqueza 30 veces mayor que el 20% más pobre, hoy la proporción
es de 74 veces.(10)
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, teóricamente creados para
facilitar el crédito a los países necesitados para su desarrollo o en crisis y
emergencias, se convierten en instituciones que indirectamente potencian el
dominio de las grandes multinacionales.
Naciones que son por recursos naturales y humanos verdaderas potencias, como
Brasil, México o Pakistán, permanecen sometidas a través del crédito (la Deuda
externa). El crédito se renueva sobre la base de condiciones cada vez más duras
y precisas, pero siempre favorables a la implantación de las multinacionales de
los países acreedores en los países deudores. Y la ayuda al desarrollo, nada
generosa, se utiliza con los mismos fines.
De este modo, las líneas aéreas, telefónicas, eléctricas, férreas, y hasta la
tierra, los bosques y los ríos de los países más poblados del mundo van pasando
a manos de las compañías transnacionales, acentuando su dependencia económica y
sus dificultades para abordar un desarrollo autónomo y sostenido.
Las movilizaciones del pueblo mapuche contra la presa de Biobío, de los
bolivianos de Cochabamba contra las tarifas del agua, han sacado a la luz el
poder que las multinacionales (en estos casos españolas: la FECSA-Enher en
Chile, y la Abengoa en Bolivia) han llegado a adquirir en estos países y en
muchos otros, y de la manera destructiva en que lo utilizan.
En los gravísimos conflictos por la tierra que vive Latinoamérica desde México
hasta el sur de Chile, en la resistencia a la deforestación de sus selvas, en
las luchas en torno a los precios del café o de otros productos agrícolas, lo
que subyace es la penetración de capital transnacional interesado en el control
de las materias primas del planeta. Como poderes extranjeros arrasan la cultura
y la naturaleza que encuentran a su paso, con más violencia que los
conquistadores de hace cinco siglos.
El peso adquirido por las multinacionales bien podría llamarse recolonización.
Las cadenas del viejo colonialismo militar, tras un paréntesis de independencia,
reaparecen en la etapa de la globalización como cadenas financieras y
económicas, pero no por ello menos pesadas.
Deslocalización, paro y precariedad
El efecto social que nos es más próximo es el crecimiento del paro y la
precariedad, cuyo salto en las últimas décadas debe considerarse el reverso de
la concentración del capital internacional que llamamos globalización.
La globalización no extiende la producción, la concentra. Incluso los momentos
de auge económico de las últimas tres décadas presentan índices de crecimiento
de la producción inferiores a los de las dos décadas anteriores.
Al concentrarse
la producción, aumenta la productividad del trabajo, pero al precio de expulsar
mano de obra en proporciones siempre mayores hacia empleos menos cualificados y
peor pagados, precarios o sencillamente al paro. Las reformas laborales que han
ido recortando los derechos adquiridos de los trabajadores a fuerza de luchas
sindicales y políticas, han sido hechas para adaptar la legislación a las
condiciones que querían imponer las mayores empresas.
Desde los primeros años ochenta, todavía antes de que se produjesen los cambios
de legislación laboral más importantes en Europa, se hizo notar una
característica del capital transnacional: su deslocalización, su facilidad, no
absoluta por supuesto, pero sí real, de desplazar sus inversiones productivas de
un país a otro, de una ciudad a otra, a la busca de las llamadas "ventajas
comparativas".
Y entre ellas, una legislación laboral ventajosa para la empresa era y es una de
las más importantes. Así, desde la década de los ochenta comenzó una sorda pugna
entre los Estados y las ciudades para atraer la inversión de las mayores de
estas empresas, lo que contribuyó no poco a recortar los derechos obreros.
En los EEUU, donde llegó más lejos esta tendencia, los sindicatos practicaron
una política suicida llamada de "concesiones", por la que competían entre ellos,
los de una ciudad contra los de otra, ofreciendo a las empresas acuerdos
ventajosos para retenerlas o para conseguir sus inversiones, con un coste
elevado para los asalariados.
Y si esto hacían algunos sindicatos, no puede chocarnos que los parlamentos,
unos tras otros, fuesen adaptando el mercado laboral a las pautas que reclamaban
las empresas multinacionales con tal de mover fácilmente sus inversiones: del
coste humano ya se ocuparían los subsidios de desempleo...
Hoy, por desgracia, nuestros sindicalistas están acostumbrados a oír las
amenazas fundadas, o incluso los faroles de su empresa transnacional: "si no os
parece bien, llevaremos la producción a tal o cual país".
Política y economía
La idea de que la globalización sustituye la economía por la política podría muy
bien ceder su sitio a otra idea más precisa: el poder político de la inmensa
mayoría de los Estados hoy existentes nada o casi nada puede frente a empresas
de dimensiones superiores a los Estados. Al menos, mientras esos gobiernos y
esas empresas se muevan en un mismo terreno, el de la economía capitalista
mundial. ¿Y qué gobiernos se sienten en condiciones de moverse fuera de la
esfera del mercado mundial capitalista? En todo caso, no los que hoy conocemos.
Todos los gobiernos que hoy existen tratan de establecer convenios con las
empresas multinacionales, en una relación de fuerzas muy desequilibrada a favor
de las últimas. La política fiscal, el precio de los terrenos, la calidad y la
programación de las infraestructuras, la legislación laboral, la docilidad de
los sindicatos, la venalidad de los políticos y de la justicia, y otros muchos
factores entran en juego cuando la Volkswagen, por ejemplo, trata con el
gobierno de Madrid y el de Praga para decidir sus inversiones.
Antes se decía: "lo que es bueno para la General Motors es bueno para los
Estados Unidos". Pero esta asociación entre el interés de las grandes empresas y
el interés nacional sólo tiene sentido en seis o siete países en todo el mundo.
En los demás, el interés de la multinacional extranjera pesa más en la balanza
que el llamado interés nacional.
En estos momentos, Gran Bretaña vive una crisis laboral por la decisión de la
BMW de abandonar la Rover, que cuenta con 18.000 obreros y de la que dependen
hasta 50.000 empleados en la industria auxiliar. La empresa alemana había
exigido al gobierno de Tony Blair que entrase en el euro, y al no conseguirlo,
optó por vender su filial inglesa a una compañía gestora.
La operación implica despidos por encima de los 5.000. Pero uno de los posibles
compradores finales, Ford, también planea cerrar una factoría inglesa (y más de
3.000 despidos). Para colmo, Honda anunció por las mismas fechas recortes de su
producción en Inglaterra de hasta el 50%.
En una de las grandes potencias industriales, decisiones de política económica
nacional al más alto nivel, como lo es la adhesión o no a la unidad monetaria
europea, se discuten entre un gobierno a la defensiva y unas pocas empresas
multinacionales extranjeras prepotentes. El empleo y el salario para decenas de
miles de hogares ingleses están en juego. Casos como éste, se dan todos los
días, y no sólo en los países pobres ni medianos.
Las decisiones políticas de Estados más débiles son todavía más manejables. En
1989 la Siemens AG destinó una pequeña partida de sus superbeneficios (una
propina de 369 millones de pesetas) a uno de los patrones de Filesa para que el
gobierno de Felipe González adaptase los planes del tren de alta velocidad
español (AVE) a los intereses de la empresa alemana.
Esta práctica es de lo más corriente. Lo raro es que un tribunal llegue a
sacarla a la luz. Lo imposible es que ninguna justicia basada en el derecho de
propiedad privada llegue a impedir que la voluntad de los gobiernos, partidos y
parlamentos se acabe rindiendo ante propinas tan generosas.
Ni siquiera el poder político del más fuerte de los Estados hace temblar a
quienes se saben verdaderos amos del mundo, en cuanto a poder económico. De cara
a la galería, la condena de Microsoft por monopolismo puede pasar por ejemplo de
supremacía del poder político sobre el económico.
Pero resortes muy poderosos actúan detrás del escenario judicial. La empresa de
Billy Gates recientemente formó un lobby en Washington con la misión de comprar
la voluntad de políticos influyentes de los dos partidos.
Una empresa cuyo valor
en bolsa ha perdido sumas comparables al valor de la producción nacional anual
española, ¿acaso no puede destinar fondos capaces de garantizar que la
administración presidencial norteamericana que surja de las próximas elecciones
sea más propicia a los intereses de Microsoft? Por supuesto que puede hacerlo, y
que así se financian las campañas.
Mientras la política se mueva dentro de las reglas de juego del sistema
capitalista (propiedad privada, beneficio, mercado), la supeditación creciente
de la política de los Estados al interés económico de las empresas es una
consecuencia de la concentración del capital mundial en 200 o poco más de ellas.
Guerras

Como algunas de las mayores compañías de prensa, radio y televisión pertenecen a
este selecto club de las multinacionales, y como los restantes medios de
difusión dependen de las otras grandes empresas, no podemos esperar que nos
informen de los intereses más sórdidos que están en juego en las guerras.
Una parte de los aspectos políticos e incluso ideológicos implicados en las
guerras de nuestros días aparecen en los medios de comunicación, aunque
evidentemente deformados, cuando no falsificados. Pero la censura es mayor, sin
ningún género de dudas, en lo que toca a los móviles económicos de las guerras y
la implicación de las empresas.
Y sin embargo, la guerra, que la humanidad padece como una explosión de
irracional barbarie, no deja de figurar como un mercado importantísimo en las
previsiones de algunas de las instituciones más influyentes de nuestra época,
concretamente de las multinacionales.
Y no sólo de las empresas de armamentos.
Los propios móviles de la guerra son valorados, aprobados o descartados, por las
mayores empresas mundiales.
La guerra del Golfo en 1991 es el ejemplo más claro, pero no el único caso. Se
luchó por el control de las fuentes y de los precios del petróleo. Y la
participación de los Estados fue "estimulada" con las generosas donaciones que
el grupo kuwaití KIO distribuyó a los políticos, y también con ofertas variadas
de participación en los previsibles negocios de la reconstrucción.
También la guerra de Chechenia es una guerra petrolera por la ruta del crudo del
Mar Caspio. La implicación personal de lo que los rusos llaman "la familia" del
Kremlin en las empresas rusas del sector (Lukoil, Gazprom) explica su
obstinación en exterminar a este pueblo que se interpone entre Moscú y los
oleoductos.
Pero la escandalosa complicidad occidental tampoco puede separarse de la
asociación de las principales petroleras angloamericanas en el consorcio
internacional que explota el petróleo transportado por Rusia a través de
Chechenia.
Basta considerar el elevado número de petroleras que hay entre las mayores
transnacionales para comprender también la importancia de esta materia prima en
todos los escenarios de guerra, en las maniobras estratégicas de las grandes
potencias y alianzas (la OTAN en el Este de Europa), y en otros dramáticos
acontecimientos recientes como el genocidio de Timor Oriental.
Todos estos hechos, más que otros, han potenciado la conciencia de que la
globalización, como proceso económico, se confunde con la concentración del
capital en un número tan reducido de empresas que, por su talla y su poder, se
elevan sobre muchos de los actuales Estados, y de esta manera modifican también
las condiciones políticas y culturales de nuestra vida.
Esta conciencia no aporta todavía soluciones, sino incógnitas. Muchos de los
recursos empleados por los pueblos, sus ciudadanos, sus trabajadores, los
sindicatos y partidos, en las condiciones históricas anteriores, se revelan
ahora poco eficaces y requieren una reconsideración y una renovación.
Pasando
del terreno económico al político, parece que la resistencia y la protesta
contra la globalización se encuentra en fase de tanteos y de reflexión, o quizá
de respuestas parciales, lejos todavía de una alternativa global.
Pero es legítimo pensar que a una alternativa global sólo llegaremos después de
muchos tanteos y a base de combinar muchas alternativas parciales. Y quizá
desarrollando en la propia sociedad civil un poder de otra naturaleza que el de
los actuales Estados, no sólo capaz de cambiarlos sino de sustituirles por un
poder de mayor envergadura social.
Quizá sea este poder de una sociedad civil alternativa el que, desarrollándose,
llegue un día a estar en condiciones de medirse con el poder, hoy por hoy
incontenible, de la oligarquía financiera mundial que a través de unas pocas
centenas de compañías capitalistas tiene a la humanidad en un puño.
*
Arturo Van den Eynde (1945-2003)
Ver biografía
-------------------------------------------------------------------------------
1. Autor del libro Globalización. La dictadura mundial de 200 empresas,
Barcelona 1999.
2. Marta Harnecker, La izquierda en el umbral del siglo XXI, Madrid 1999. Sin
embargo, a François Chesnais no le gustaba el término de "globalización" y
propuso sin éxito el de mundialización en su principal trabajo: François
Chesnais, La Mondialisation du capital, París 1994.
3. Richard Du Boff & Edward Herman.
4. Ignace Ramonet.
5. UNCTNC, 1994.
6. F.F. Clairmont y J. Cavanagh, Sous les ailes du capitalisme planetaire, 1994,
y F.F. Clairmont, Ces firmes géants qui se jouent des Etats, 1999.
7. Van den Eynde, Mitos de la Nueva Economía, en La Aurora, mayo de 2000
8. Harnecker, citando al US News and World Report.
9. Forbes abril de 1999.
10. PNUD, 1999.
Arturo Van den Eynde -
Aníbal Ramos (1945-2003)
Periódico Viento Sur - Marzo de 2003
Arturo Van den Eynde fue Alfonso para el grupo Comunismo, donde un puñado de
jóvenes revolucionarios buscaban entre 1969 y 1970, nuevas referencias teóricas
y políticas,
después de la crisis del FLP. No es nada exagerado decir que el papel de Alfonso
en el grupo de Madrid fue decisivo, en general, y muy especialmente en la
aproximación al trotskismo de la mayoría de sus integrantes.
Después los caminos militantes se bifurcaron. Pero se mantuvo un respeto y un
afecto que se mostraba en algunos encuentros ocasionales y que queremos
manifestar ahora, con nuestro pesar por la pérdida de un revolucionario íntegro
e inteligente. Reproducimos a continuación el texto que ha publicado La Aurora,
el periódico de su partido].
Un marxista revolucionario
El pasado 4 de marzo falleció Arturo Van den Eynde, por muchos conocido como
Aníbal Ramos. Era todavía joven, 57 años, y tenía mucho que dar y ofrecer al
movimiento obrero del Estado español, a la construcción de un movimiento
político de izquierdas y particularmente al movimiento trotsquista. Para quienes
le conocieron y los que durante muchos años trabajamos con él es una enorme
pérdida de la que tardaremos tiempo en recuperarnos.
Arturo Van den Eynde nació en 1945 en Santander. De joven se trasladó a estudiar
a Barcelona y enseguida empezó a participar en los movimientos estudiantiles que
luchaban contra el franquismo. Cuando pusieron en pie el Sindicato Democrático
de Estudiantes, allí se encontraba Arturo. Fue delegado de la Facultad de
Arquitectura de Barcelona en la que estudiaba. Esa experiencia llevó a muchos
estudiantes a participar en la lucha política contra el franquismo. Arturo se
integró en el FLP y posteriormente en lo que se llamó el grupo Comunismo, del
que surgirían las distintas tendencias que se
reclamaron del trotsquismo. Desde ese momento hasta el final de sus días su vida
estuvo ligada a la construcción de un partido obrero revolucionario, de un
movimiento político que preparara y organizara la lucha contra la sociedad
capitalista.
El Partido Obrero Revolucionario
La historia del POR y la de esta revista están íntimamente ligadas a él. Más
concretamente, es imposible imaginarlas sin sus aportaciones teóricas, políticas
y prácticas. Porque ante todo
Arturo fue un marxista revolucionario, una de esas personas que con toda
claridad, abnegación y entusiasmo se formó en la ciencia marxista, no sólo para
entender o interpretar esta sociedad
sino para transformarla. Por eso mismo era todo lo contrario a un dogmático. Se
podía estar de acuerdo o no con él, pero siempre escuchaba, siempre estaba
dispuesto a incorporar nuevas
apreciaciones y esa amplitud de miras la combinaba con una enorme firmeza a la
hora de defender sus convicciones. Es así que impregnó al POR y a sus militantes
de una gran convicción en los principios de la lucha por la revolución
socialista, unidos a la capacidad para defenderlos en movimientos políticos o
sociales más amplios.
En 1974 fundó el POR. Se acercaba el fin del franquismo y el movimiento obrero y
la juventud buscaba salidas políticas y sociales a cuarenta años de dictadura.
Los que con él proclamamos el POR nos fijamos la tarea de “convertir el fin del
franquismo en el
inicio de la revolución proletaria”. No lo logramos y tuvimos que sufrir una
transición pactada, la continuidad monárquica y muchos de los problemas
políticos y sociales que todavía arrastra la sociedad española. La lucha por ese
objetivo definió lo que era y es el
POR, un grupo de revolucionarios que busca la unidad para levantar un gran
partido que convenza a la juventud y a los trabajadores de la lucha por el
socialismo, por una sociedad que acabe con la explotación del hombre por el
hombre y se levante sobre la
cooperación y solidaridad. A eso dedicó Arturo toda su vida.
La lucha por el marxismo
Ni el marxismo ni la lucha por el socialismo eran para él frases huecas, sino su
manera de aportar su trabajo para el avance del movimiento obrero. Porque Arturo
podía escribir un libro
sobre la globalización capitalista, un interesante artículo para esta revista,
preparar un seminario de formación marxista para jóvenes y, al mismo tiempo,
verlo con el megáfono en mano agitando en una manifestación, vendiendo La
Aurora, pintando una pancarta o
repartiendo octavillas a la puerta de una fábrica o a la salida de una estación
de metro. No había para él separación entre trabajo teórico y práctico. Una de
las pocas llamadas telefónicas que pudo hacer desde que la enfermedad le postró
en la cama fue para saber si estaba en marcha todo el dispositivo que había
preparado para la manifestación contra la guerra el 15 de febrero.
Siempre estuvo en primera fila en la lucha contra las perversiones en el
movimiento obrero. La degeneración estalinista era para él la peor. A principios
de los años 70 entró en contacto con el trotsquismo francés y con grupos de
militantes trotsquistas de Polonia,
Hungría y Checoslovaquia, con gente que había luchado en su propio terreno
contra la burocracia estalinista. A través de ellos se empapó de la importancia
de liberar al movimiento obrero de esa degeneración. Saludaba con entusiasmo
todo paso de los
trabajadores en la exURSS y los Países del Este. Ayudó activamente a los
trotsquistas polacos en la revolución de Solidarnosc y cuando era evidente que
la burocracia de Moscú ya no podía durar mucho, se puso a estudiar ruso para
poder conocer las opiniones de los marxistas rusos. Para él, como para nosotros,
la caída de la burocracia no era el fracaso del socialismo sino una nueva etapa
de la lucha de clases que permitiría liberar nuevas fuerzas. La revista
electrónica Sin Muro que él dirigía personalmente debe su nombre a esa
preocupación. Sin Muro quiere decir que el marxismo, que la lucha por el
socialismo ahora podía hacerse liberados del peso de la degeneración
estalinista.
Muchas veces nos había expresado que lo que más le gustaba era escribir. Esta
revista es una de sus obras. Desde el primer número hasta el último se preocupó
de todos los aspectos que tuvieran que ver con la buena propaganda: pensada para
trabajadores y jóvenes; informativa y al mismo tiempo rigurosa; moderna en su
presentación pero dedicada a transmitir y enseñar marxismo a través de la
experiencia del movimiento de los trabajadores. Para conocer su
inmensa obra escrita habrá que repasarse los 33 años de existencia de La Aurora.
No nos parece exagerado decir que Arturo era una de las personas que mejor
conocían el marxismo en el Estado español. Sus libros pueden confirmarlo. En
1980 publicó el Anticarrillo para combatir la “Unión Sagrada” de los dirigentes
del PCE con los continuadores
del franquismo. En 1984 publicó Ensayo General un balance de la transición
española. En 1998 publicó en catalán un Pequeño vocabulario político de marxismo
y en 1999 su importante
aportación al análisis de la globalización, Globalización. La dictadura mundial
de 200 empresas. Su muerte nos deja huérfanos de alguien que aún tenía mucho que
enseñarnos.
La IV Internacional
Su última actividad militante fue la presencia en el Foro de Porto Alegre. Allí
recibió el primer aviso de su enfermedad. Al volver a Barcelona fue operado de
urgencia y ya no logró recuperarse. Su presencia en Porto Alegre tenía un doble
sentido: participaractivamente en los debates y en los trabajos delmovimiento
antiglobalización, de un movimiento que abre nuevas y enormes posibilidades de
lucha contra el capitalismo, y establecer los vínculos entre ese movimiento y la
lucha por la IV Internacional. Hay que
recordar que en Porto Alegre, ya debilitado por su enfermedad, fue un enérgico
partidario del llamamiento explícito del Foro a la lucha contra la guerra de
Bush y de la defensa del derecho de los pueblos a la autodeterminación, que él
siempre consideró como una auténtica piedra de toque de la política
revolucionaria.
Desde principios de los años 70 su relación con el movimiento trotsquista estuvo
íntimamente ligado a levantar una Internacional. No podía entender la lucha por
el socialismo sin esa relación con los revolucionarios de otras partes del
mundo. En los últimos años dedicó buena parte de su trabajo al esfuerzo por
unificar las tendencias más revolucionarias y acabar con la dispersión y
división del trotsquismo. Y en este terreno también comprendió que había
una lucha a librar. Un compañero de lucha lo ha escrito con claridad al conocer
su muerte: “Le conocí como militante y más allá de las discusiones y
discrepancias aprendí a conocer su profunda sinceridad y su honradez
intelectual. Rompía con toda tradición de los sectarios y retorcidos que el
movimiento del que provenimos produjo por centenas. Llamaba al pan, pan y al
vino, vino, pero también sabía ser el más fraternal del mundo”. Así era Arturo.
Un revolucionario íntegro
Evitó como ninguno cualquier atisbo de culto a la personalidad y lo tendremos
muy en cuenta ahora que nos falta. Recordaremos siempre su dedicación y
entusiasmo a la causa militante,
su humildad en la vida cotidiana, intentando siempre vivir como viviría un
trabajador. Durante muchos años vivió con el escaso sueldo que le pagaba el POR.
Fue él mismo quien propuso
su sustitución como responsable del POR, sabiendo que eso le obligaba a buscar
trabajo a una edad en la que no es fácil encontrarlo. Desde hace dos años había
vuelto a trabajar como
arquitecto para poder ganarse la vida. Ni siquiera su trabajo profesional mermó
su dedicación a la actividad política. Compaginaba su papel en la dirección de
EUiA (Esquerra Unida i
Alternativa) con sus responsabilidades en el POR y particularmente en el trabajo
de la Internacional. El 4 de marzo nos dejó. Era, ante todo, un revolucionario.
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