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(IAR-Noticias)
26-Dic-05
Los ciudadanos se oponen a
la presencia de las fuerzas extranjeras pero temen que con su salida aumente aún
más la inseguridad.
Por Ángeles Espinosa - El
País
"Los soldados americanos estarían
mejor fuera de las ciudades", dice Anás S., un árabe suní que se opuso a la
intervención estadounidense en Irak y hasta ahora había boicoteado el proceso
político. Su opinión revela una de las más dolorosas contradicciones en la que
están atrapados los iraquíes. Aunque la mayoría de su comunidad ha visto en las
elecciones del pasado día 15 un paso hacia la salida de las tropas, muchos
iraquíes revelan en privado su temor a que los estadounidenses se vayan.
En una encuesta realizada por varios medios internacionales en víspera de las
elecciones, apenas un 10% de los iraquíes citó la salida de las fuerzas
extranjeras como su principal prioridad, frente al 57% que mencionó la
seguridad. Aunque el 65% se opone a su presencia, sólo un 26% desea que su
retirada sea inmediata, en tanto que un 31% pide que lo hagan cuando mejore la
seguridad, un 19% cuando haya un nuevo Gobierno y un 16% cuando las fuerzas
iraquíes estén preparadas.
"Quiero que se vayan hoy mismo, no me interprete mal, pero es un sueño, porque
sin ellos carecemos de un poder real para controlar el país", admite un
ingeniero que en los ochenta trabajó para el Ejército de Sadam y ahora desconfía
de las intenciones de EE UU. "Es una contradicción, lo reconozco, por un lado
les necesitamos para que nos den seguridad y por otro no queremos que estén
porque son la causa de lo que ocurre", explica.
Como muchos otros habitantes del triángulo suní, Mahmud, un residente de Ramadi,
considera imprescindible esa retirada para recuperar la normalidad. Pero
conscientes de su inferioridad numérica y política frente a los chiíes, muchos
suníes empiezan a ver la presencia de las tropas de EE UU como una protección.
"Al menos mantienen el país unido, porque en el momento que se retiren, los
kurdos van a ser independientes en el norte y los chiíes van a querer lo mismo
en el sur", lamenta Anás. De ahí su deseo de que los estadounidenses
desaparezcan de la vista en las ciudades, pero sigan ejerciendo un poder
moderador. "Desde el punto de vista psicológico, necesitamos normalidad y ver
los soldados patrullando por las calles, no es normal", resume.
Poco a poco, incluso los políticos suníes están aceptando esa realidad. Hace
unos días en un debate en la cadena Al Arabiya, Tariq al Hashimi, el secretario
general del Partido Islámico de Irak (suní), coincidió con el ex primer ministro
Ayad Alaui y con el líder kurdo Masud Barzani, en que una rápida retirada de las
tropas extranjeras sumiría Irak en el caos. Los tres discreparon, sin embargo,
en el carácter de esta presencia. Mientras Barzani habló de "fuerzas de
liberación", Al Hashimi las calificó de "ocupantes". Hasta ahora, esos
sentimientos contradictorios se encontraban sobre todo entre los chiíes.
Abdulhadi Husein, un empleado público originario de Basora que vivió la llegada
del Ejército estadounidense como una liberación, siempre reconoció que el
paisaje de película bélica en que los soldados convirtieron su país "no es lo
ideal". "A nadie le gusta ver patrullas pasando por delante de su casa, pero
después de lo que hemos pasado con Sadam, al menos sabemos que esto es sólo
temporal", asegura.
La perspectiva de que la seguridad pase a manos de las milicias de la Asamblea
Suprema para la Revolución Islámica en Irak o de Múqtada al Sáder preocupa tanto
o más que la insurgencia a los chiíes laicos y urbanos. Sin embargo, muchos
seguidores de ambos grupos consideran que es su responsabilidad y su deber
sustituir a las fuerzas extranjeras. Pero mientras siguen desconfiando unos de
otros, los extranjeros sirven de escudo y de diana.
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