eorge Bush
inauguró su segundo mandato sin pérdidas de tiempo. Contradiciendo a los
analistas "ingenuos", que insisten en la idea de que América Latina no figura
entre las prioridades diplomáticas de Estados Unidos, la Casa Blanca puso en
marcha una operación de pinzas sobre Venezuela y Bolivia, conforme lo recomendó
un documento oficial de inteligencia ordenado y supervisado por la nueva
secretaria de Estado, Condoleezza Rice.
Durante
su nuevo mandato, la Administración republicana se propone desestabilizar e
incluso impulsar la caída del presidente Hugo Chávez por medios militares, en
nombre de su anunciada lucha contra el "terrorismo internacional", y provocar la
secesión económica y política de Santa Cruz de la Sierra y Tarija, las regiones
más ricas de Bolivia, por supuesto en clara connivencia con los oligopolios
petroleros y gasíferos que operan tanto en el país del Altiplano como en el
resto de la región.
Sobre
el tablero sudamericano actual se registran dos hechos sincrónicos, y no por
casualidad. Ellos son la provocación del gobierno de Colombia contra Venezuela
-el secuestro en Caracas del dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC), Rodrigo Granda, por parte de parapoliciales colombianos y
militares venezolanos pagados por el presidente Alvaro Uribe-, y el
levantamiento en pie de guerra de los sectores más conservadores de Santa Cruz
de la Sierra contra el gobierno central de Bolivia, para llevar adelante una
vieja aspiración secesionista, auspiciada por las grandes petroleras (Repsol YPF
entre ellas).
Así lo
prevé un informe elaborado por el Consejo de Inteligencia de Estados Unidos,
parte del cual fue divulgado en Washington el pasado 15 de enero. Ese documento
requirió más de un año y medio de trabajos conducidos por Condoleezza Rice,
cuando ésta aún se desempeñaba como principal asesora de Bush en materia de
seguridad.
El
documento, titulado "Mapa del futuro global", puso el acento en las necesidades
estratégicas estadounidenses de luchar contra el "terrorismo internacional" y
"confirma que tenemos la estrategia correcta para ganar esa guerra", dijo
durante su presentación oficial el portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan.
El
Consejo Nacional de Inteligencia depende directamente del director de la CIA. El
texto del informe abunda en párrafos sobre el denominado "terrorismo islámico",
sostiene que tanto Afganistán como Irak se han convertido en los principales
"centros de adiestramiento terrorista" y vaticina que para el año 2020, la
organización Al-Qaeda, que dirige el esfumado Osama ben Laden y es "la principal
enemiga de la seguridad de Estados Unidos", será reemplazada "por grupos
extremistas de inspiración islámica pero muchos más difusos".
Lo
curioso de esa afirmaciones, de por sí poco originales, es el reconocimiento de
que los principales campos de entrenamiento "terroristas" funcionan en dos
territorios ocupados por las fuerzas militares de Estados Unidos (Afganistán e
Irak).
A esta
altura de los acontecimientos quedan pocas dudas acerca de la pertenencia de Al-Qaeda
y Osama ben Laden a la red clandestina de organizaciones terroristas que operan
bajo el manto de la CIA y en muchos casos al mando de las camarillas más
belicistas del Pentágono.
En ese
sentido, hizo falta que una película de la BBC de Londres ("The Power of
Nightmares: The Rise of the Politics of Fear") difundiera esas relaciones entre
Estados Unidos y ben Laden para que la especie recorriese las redacciones de los
grandes medios internacionales, según lo reveló la semana pasada la cadena árabe
Aljazeera.
Sin
embargo, y aunque no suene políticamente correcto recordarlo en esta columna, la
primera denuncia la respecto surgió de una investigación publicada por quien
esto escribe pocas semanas después del 11-S, en el libro "Bush & Ben Laden S.A"
(Editorial Norma, Buenos Aires, 2001).
Esa
investigación se basó, fundamentalmente, en el comportamiento de los movimientos
financieros globales, previos al 11 de septiembre de 2001, en la identificación
de los grupos que allí operaron, en las vinculaciones de éstos con las
principales figuras de la Administración Bush y en análisis de las antiguas
relaciones políticas de esa familia (los Bush) con la de ben Laden y con los
jerarcas políticos y económicos de Arabia Saudita.
Tiempo
después, los informes de la CIA y del FBI, las indagaciones del Congreso de
Estados Unidos y las de varios autores independientes, entre ellas la del
estacado intelectual estadounidense Gore Vidal (en su libro "Dreaming Wars),
confirmaron los dichos de una investigación realizada desde América Latina, por
supuesto sin los recursos financieros y los apoyos institucionales con que
cuentan los investigadores del mundo desarrollado y los funcionales al bloque de
poder respectivamente.
Respecto del tema puntual de este artículo cabe destacar que el documento "Mapa
del futuro global" fue, en principio, difundido en una versión semicompleta por
las páginas electrónicas de la CIA y del Consejo Nacional de Inteligencia. Allí
constaba el capítulo "América Latina", en el que aparecen delineadas las
políticas de sabotaje contra Bolivia y Venezuela. Sin embargo, cuarenta y ocho
horas después, una "mano cautelosa" se encargo de reducir esa versión divulgada
por Internet, borrando no sólo lo referido a nuestra región sino todos los
párrafos que no contuviesen generalidades como las antes citadas.
Las
palabras de Bush al asumir su segundo mandato -y las de Rice un día antes- al
definir su estrategia internacional para "imponer la libertad y luchar contra
las tiranía en todo el mundo, sin descartar acciones militares", y la ampliación
del denominado "eje del mal", que ahora según la secretaria de Estado también
estaría integrado por Cuba, vuelve a poner a nuestra región en la mira central
de la política belicista de Washington.
En ese
marco hay que entender las recientes "advertencias" de la Casa Blanca contra
Venezuela y Bolivia.
Richard
Boucher, portavoz del departamento de Estado acaba de decir en forma textual:
"hemos pedido a nuestros socios en el continente que insten a Venezuela a
adoptar una posición más conciliadora y constructiva (con el gobierno de Bogotá
en torno a la crisis por el caso Granda), y a poner fin a cualquier relación que
pueda tener con las FARC y otras organizaciones terroristas colombianas"
Los
dichos de Boucher contiene una definición y una no menos clara amenaza: de no
cumplir con el pedido de Estados Unidos, objetivo para el cual Washington pide
la ayuda de los países latinoamericanos, la revolución bolivariana encabezada
por el presidente Chávez estaría a un paso de formar parte del "eje del mal" y
de convertirse en una de las naciones en las cuales hay que "recuperar la
libertad, incluso a través de acciones militares".
Similar
amenaza se lanzó contra Bolivia, en forma especial contra el diputado y
dirigente campesino Evo Morales, según las encuestas el mejor ubicado para las
próximas elecciones presidenciales.
El
partido de Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS) y un conjunto de
movimientos sociales de Bolivia denunciaron que el líder cocalero nuevamente es
víctima de una campaña “antiterrorista” a nivel nacional e internacional.
El 20
de enero último, el alto funcionario del Comando de las Fuerzas Armadas para el
Cono Sur de Estados Unidos, Jimmy Hill, acusó a Morales de recibir ayuda
financiera de Venezuela.
En
tanto, el periódico colombiano “Semana” aseguró que Rodrigo Granda tenía el
teléfono de Evo Morales en una agenda que le fue decomisada tras su secuestro en
Venezuela.
La
denuncia formulada por un sector del movimiento popular boliviano sostiene que
"esas acusaciones son parte de una guerra de baja intensidad manipulada desde
Estados Unidos e impuesta a sus lacayos de los diferentes gobiernos de Bolivia.
En
diciembre de 2001, el embajador de Estados Unidos en La Paz, Manuel Rocha,
comparó a Evo Morales con ben Laden y dijo que los cocaleros son “los talibanes
andinos”.
El
primero de marzo de 2003, fuentes del gobierno del ex presidente Gonzalo Sánchez
de Lozada aseguraron que Morales recibía financiamiento de las FARC.
El 8 de
mayo de 2003, Philipphe Chicola, subsecretario de estado para Asuntos
Internacionales de Estados Unidos acusó al jefe del MAS de ser parte de una
“mafia cocalera”.
El 5 de
octubre de 2003, el ex ministro Carlos Sánchez Berzaín dijo que el MAS recibió
recursos económicos del gobierno de Venezuela para financiar los conflictos
sociales en la denominada “guerra del gas”.
El 6 de
enero de 2004, fuentes de la administración estadounidense sostuvieron que
Morales recibió dinero del presidente venezolano Hugo Chávez para expulsar del
gobierno a Sánchez de Lozada.
Como
bien lo analiza el libro "Recolonización o Independencia: América Latina en el
siglo XXI" (de Stella Calloni y Víctor Ego Ducrot, Editorial Norma, Buenos
Aires, 2004), las operaciones tendientes al control militar del área, al
aislamiento y destrucción del proceso bolivariano en Venezuela y la
descomposición del mapa político sudamericano, figuran entre los objetivos
estratégicos de Estados Unidos, para los cuales cuenta, como herramientas
principales, con el proyecto de Acuerdo de Libre Comercio para las Américas
(ALCA) y el programa militar denominado Plan Colombia, previsto con extensión
territorial hacia todos los países del área.
Con la
excusa de combatir al narcotráfico -actividad económica cuyo mercado principal
radica en Estados Unidos y cuyos recursos monetarios (unos 500.000 millones de
dólares anuales, según Naciones Unidas- ONU) circulan por bancos y fondos de
inversión de matriz estadounidense, Estados Unidos aplica en Colombia el mayor
programa de asistencia militar después del brindado al Estado de Israel.
Esa
excusa oficial es una burda mentira, demostrable tanto desde el punto de vista
de la aritmética financiera como desde los postulados políticos y militares.
Buena
parte de esos 500.000 millones de dólares contabilizados por la ONU concurren a
cubrir el gigantesco déficit fiscal estadounidense (unos 427.000 millones
previstos para este año) y a sostener los gastos (que en realidad son
inversiones) de la ocupación de Irak (100.000 millones iniciales más 25.000
millones aprobados por el Congreso durante el último trimestre de 2004, más
80.000 millones de fondos extraordinarios solicitados esta semana por la
Administración).
Desde
el punto de vista político y militar, los documentos oficiales del gobierno
estadounidense analizados por Calloni y Ducrot en el libro antes citado indican
que la implantación del Plan Colombia obedece a las necesidades estratégicas
reconocidas por Washington, ya durante la gestión de Bill Clinton, de asegurarse
el control de las principales reservas de recursos para la economía real
(energía y sistemas de distribución, agua potable, y biodiversidad, entre
otros).
Por
otro lado, el diseño de ocupación militar y distribución de bases, dotadas con
equipos de rápido desplazamiento -el requerido por la prevista Guerra de Baja
Intensidad o GBI, previsto por Plan Colombia, proveen a Estados Unidos no sólo
de los dispositivos adecuados para la ocupación territorial sino para la
manipulación, represión y eventual exterminio de las experiencias políticas
regionales de confrontación con su modelo recolonizador.
Ese
diseño fue resulta util tanto para truncar el trazado de la revolución
bolivariana en Venezuela, de amplia base social y dispuesta a reconducir la
renta petrolera con criterios redistributivos de la riqueza, como para darle
respuesta política y militar al conjunto de organizaciones sociales y populares
surgidas durante los años de plomo de la era neoliberal fundamentalista del
Consenso de Washington, como es el caso los movimientos campesinos bolivianos.
Los
lineamientos militares del Plan Colombia se combinan con el programa económico
estratégico de Estados Unidos para la región: el proyecto ALCA, que prevé un
acuerdo de libre comercio a la medida de las grandes corporaciones que concurren
a la explotación de los recursos garantizados en términos castrenses. Recordemos
que en Sudamérica se ubican las más grandes reservas de agua potable y
biodiversidad del planeta (Acuífero Guaraní y Selva Amazónica, respectivamente)
y gigantescos yacimientos minerales y energéticos, como el gas boliviano y el
petróleo venezolano.
En ese
contexto, el trazado del programa ALCA prevé una acción sostenida del gobierno
de Estados Unidos y de sus aliados políticos y económicos en la región
tendientes al rediseño de su actual mapa administrativo, en una especie de
vuelta de tuerca a la histórica maniobra diplomática y militar de
"balcanización" heredada por Estados Unidos de la tradición colonial británica.
En
Argentina, por ejemplo, hace cuatro años, los gobiernos provinciales de la
Patagonia, entre ellos el de Santa Cruz, por entonces encabezado por el actual
presidente Néstor Kirchner, realizaron sondeos y encuestas para determinar el
grado de aceptación que tendría entre la población una iniciativa autonómica
frente al gobierno federal. Según informaron en su momento los principales
medios locales, ese proyecto de sondeo fue auspiciado y financiado por el
holding petrolero encabezado por Repsol YPF, empresa que tiene a su cargo las
mayores explotaciones de crudo y gas de Argentina y de Bolivia.
En esa
misma estrategia se encuadra el proyecto "canje de deuda externa por territorio"
auspiciado por el Banco Mundial y que permanece en los papeles reservados del
actual gobierno argentino. El mismo podría ser aplicado respecto de la deuda
externa institucional que equivale a una suma similar a los 82.000 millones de
dólares actualmente en "default" y en vías de canje con los tenedores
particulares de bonos.
La
fórmula "deuda por territorio" también es contemplada como posible fórmula de
arreglo con las corporaciones extranjeras que tienen a su cargo la explotación
de los servicios públicos privatizados, como es el caso de Aguas Argentinas, en
manos de la francesa Suez, y de las compañías proveedoras de energía eléctrica,
en manos de firmas españolas y a favor de las cuales acaban de hacer presiones
los respectivos gobiernos de Jacques Chirac y José Luís Rodríguez Zapatero.
Ese es
el marco general en el que deben entenderse las maniobras separatistas de los
sectores más conservadores de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, los que cabalgan
en ancas del creciente descontento popular que impera en el país del Altiplano.
En un
artículo de 23 de enero último, el diario mexicano La Jornada se pregunta qué
intereses acechan y cuán legítimas son las pretensiones "autonomistas" de los
departamentos (Estados) bolivianos de Santa Cruz y Tarija, para develar después
"algunas claves de la crisis y la manipulación del concepto autonomía, que en la
jerga del proyecto ALCA se presenta como sinónimo de civismo y democracia".
Como
bien destacaron varios medios antihegemónicos en los últimos días, entre ellos
Visiones Alternativas y Bolpress, América Latina se encuentra ante versiones
contemporáneas de antiguos diseños imperiales, escenario que el libro ya citado
de Calloni y Ego Ducrot definen como proceso de "recolonización".
En ese
sentido, los medios mencionados se preguntan qué fuerzas criollas fomentaron el
separatismo de Texas en 1835, cuáles acabaron con las Provincias Unidas de
América Central en1838, quiénes se declararon "súbditos" de la reina Victoria de
Inglaterra en Yucatán en 1849, quiénes solicitaron el protectorado de Francia en
Ecuador en 1859, quiénes impulsaron la "independencia" de Panamá en 1903. Son
los mismos que, más de un siglo después, auspician la autonomía de la provincia
ecuatoriana de Manabí, donde opera una base militar estadounidense, y del Estado
de Zula, en Venezuela.
Ahora
le llegó el turno a Santa Cruz, dice un lúcido análisis publicado esta semana en
Visiones Alternativas: "con cerca de 2 millones de habitantes, limítrofe con
Brasil y Paraguay y poco más extensa que Alemania (82 millones de habitantes),
la economía de Bolivia depende de la ubérrima y próspera Santa Cruz: recursos
agrícola-ganaderos, industria forestal avanzada, oro, gas y petróleo, a más de
guardar en sus entrañas uno de los yacimientos de hierro más importantes del
mundo: el Mutún".
Santa
Cruz es un bocado suculento para los intereses económicos de Estados Unidos
liderados por el Instituto de las Américas, en cuyo directorio figura el ex
presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Losada, junto a representantes de Enron,
British Petroleum, Shell y Maratón Oil. Sánchez de Losada también integra el
American Council (que preside David Rockefeller), junto con delegados del Chase
Manhatan Bank, el City Group y grupos económicos chilenos.
La
agencia Bolpress, por su parte, denunció que "petrolatifundistas" impulsan la
secesión de Santa Cruz y que para ello se montó una campaña para hacerle creer a
los bolivianos y al mundo que el pueblo cruceño está con el Comité Cívico, una
reciente organización social conformada por 56 instituciones. Según sus líderes,
quienes comandan las acciones autonomistas son empresarios latifundistas ligados
al poder petrolero que pretenden convertir hacer a la capital oriental su propio
feudo.