Todo
el potencial de la nación más poderosa del planeta no asomó cuando miles
de sus habitantes lo necesitaron. El país que ve al mundo como propio, y
que actúa como tal, sin siquiera entenderlo, no tuvo respuestas casa
adentro. Sabiendo lo que se venía con el huracán Katrina, las
autoridades no se prepararon adecuadamente. Y luego de la catástrofe,
cuando ya han recibido ofertas de ayuda desde París hasta La Habana, su
reacción es lenta, represiva.
No faltará quien
culpe de la tragedia a la holgazanería de la gente por no
abandonar las zonas amenazadas, sin ver que muchos no tenían los
recursos para salir y sin reconocer que el Estado no programó
una retirada colectiva. Incluso habrá alguno que afirme que la
gente no salió porque quiere tener la libertad de elegir.
Y no faltará quien vea en el huracán
la mano divina que castiga a los pecadores. Más allá de todas estas visiones
-posibles en el país de la fantasía hollywooodense- lo cierto es que Katrina
desnudó una parte oculta(da) de la realidad del país más rico del mundo: su
pobreza.
La población atrapada en Nueva
Orleans -la maravillosa cuna del jazz- es pobre, en su mayoría negra, con muchos
latinos, lo que coincide con el diagnóstico de esta sociedad. Esa pobreza ya
estaba allí antes. Katrina nos recuerda que aún en épocas de bonanza, la nación
de la opulencia mantiene un porcentaje elevado de su población en la pobreza.
Parecería que los EEUU, mejor
digámoslo, sus gobernantes, sobre todo republicanos, parecen bíblicamente
resignados a convivir con los pobres. Con Bush II crece imparable el número
absoluto y relativo de pobres. En 2001 había 32,9 millones de pobres, o sea
11,7% de la población. En 2002: 34,6 millones (12,1%). En 2003: 35,9 millones
(12,5%). En 2004: 37 millones (12,7%, en Luisiana 16,7% y en Misisipi 18,6%).
Las políticas aplicadas, en nombre de
la ortodoxia económica, están a la vista. Exenciones tributarias a las grandes
corporaciones.
Reducción del salario mínimo vital.
Recorte de inversiones sociales: se disminuyó en un 92% los subsidios a la
vivienda, se alentó el vaciamiento de los hospitales psiquiátricos, Bush II
recortó en $71 millones el presupuesto de los ingenieros de Nueva Orleans,
destinado a fortalecer los diques de la ciudad y a mejorar su sistema de
drenaje.
Frente a eso, haciendo honor a la
lógica del libre mercado, creció la prosperidad de la banca y de los mercados de
valores, aumentaron las ganancias de las grandes empresas. Los EEUU, el país de
la abundancia, el país que inspira a millones de personas en el mundo, registra
un creciente distanciamiento entre los más ricos y quienes no lo son.
El chorreo neoliberal, como en
cualquier país subdesarrollado, ha sido hacia los de arriba. Este país, con
vocación para la "conquista" del espacio como para la "construcción" de la
democracia en Iraq, no tiene entre sus planes la erradicación de la pobreza en
su sociedad. Menos aún en el resto del mundo.