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(IAR-Noticias)
27-Dic-05
Es revelador observar cómo la "lógica" de la prensa de
los países industrializados tiene ahora, respecto de Bolivia
al menos, un objetivo unidimensional y casi excluyente:
condicionar de antemano la gestión de Evo Morales que la
semana pasada se convirtió en el primer candidato en ganar la
presidencia por pluralidad de votos, desde que la democracia
fuera restaurada en su país hace 15 años.
Por Oscar Raúl
Cardoso - Clarín
El reflejo común de la prensa es tan común como previsible; se
trata de abrir, como verdadero agujero negro, el interrogante
sobre las intenciones reales de Morales, (¿Será un líder
obnubilado por una visión radicalizada o un presidente
"sensato"? es la pregunta reiterada), a la vez que el énfasis
descriptivo es puesto en su relación con el "demagogo" Hugo
Chávez —como lo caracterizó la página editorial de The New
York Times el domingo pasado— y en la admiración manifestada
por el presidente electo hacia Fidel Castro.
Los Angeles Times propuso un enfoque aun más drástico,
sugiriendo que Morales retomaría las cosas allí donde las dejó
Ernesto "Che" Guevara tras ser asesinado, precisamente en
Bolivia hace más de tres décadas. Anticipar este paralelo
tiene un único y transparente objetivo: el "Che" ensayaba, en
el momento de su muerte, la guerra de guerrillas. Sugerir que
Morales proseguirá su lucha deja implícito y en superficie el
fantasma de la violencia. Esto aunque sobre Morales y su
historia como dirigente social y político no pese la más
ligera de las sombras violentas.
El recurso no es nuevo. Ya lo emplearon con Lula da Silva
machacando con su trayectoria como líder sindical y con cada
frase crítica suya acuñada contra el sistema capitalista. Debe
ser tentador para los editorialistas de la sensatez pensar que
esta presión les dio resultados ante la continuidad de la
política económica conservadora por la que optó Lula. ¿Por qué
no aplicarle a Morales la misma mal disimulada difamación por
anticipado?
Es precisamente lo que sugiere en su más reciente edición el
semanario inglés The Economist cuando le aconseja con curiosa
generosidad al boliviano emular a su colega brasileño y tomar
distancia de Chávez.
Es llamativo que cada uno de los materiales citados reconozca
en algún punto del texto que las políticas que imperaron en
Bolivia desde los años 80 hasta hoy —ortodoxia fiscal y
privatización del patrimonio público— no han beneficiado más
que a las elites blancas que componen algo más del 3% de la
población. Estas controlan el grueso de los resortes
económicos.
El argumento abandona la lógica cuando, por ejemplo, los
artículos reconocen que esas políticas fracasaron, al menos en
América latina, y pese a esto aseguran, como The Economist,
que son "ahora más necesarias que nunca."
¿Es el fracaso económico un imperativo que no hay que
abandonar? Este parece ser el verdadero interrogante que
Morales deberá despejar.
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