|
(IAR-Noticias)
30-Dic-05
Puede
decirse casi con certeza que Carlos Alberto Montaner representa acabadamente el
pensamiento fosilizado de la comunidad cubano americana "anticastrista" de
Miami. Por lo tanto, leer de tanto en tanto las "visiones" que expresa sobre la
Isla y su presidente, Fidel Castro, ayuda a comprender la estructura
antropológica, psicológica, e ideológica de los llamados "gusanos" (una sub-especie
humana todavía sin clasificar) y de sus fantasías para cuando ya no esté
el líder de la revolución cubana, a quién Montaner (golpista compulsivo y
deformado mental congénito) llama "viejito maniático".
Por Carlos Alberto Montaner -
ABC, España
Otro
aniversario. A estas alturas de la historia sólo quedan dos preguntas
interesantes que hacer sobre el experimento montado por Castro en esa pobre isla
hace 47 años: ¿por qué ha durado tanto tiempo en el poder un tipo tan excéntrico
y disparatado?
Al margen de los fusilamientos y los
mil atropellos cometidos, nadie duda de que el suyo es el peor gobierno que ha
padecido ese país, incapaz en medio siglo de lograr que los cubanos tengan agua
potable, electricidad, comida y techo en cantidades mínimamente razonables, lo
que hace aún más urgente la respuesta: ¿cómo no ha sido derrocado un gobernante
tan incompetente?
La segunda pregunta también es obvia: ¿qué pasará cuando desaparezca? Se trata
de un anciano enfermo de 79 años, aquejado de Parkinson, que exhibe síntomas
clarísimos de demencia senil.
Todavía habla ocho horas
consecutivas, sin la menor piedad con la vejiga ajena, pero lo importante no es
la resistencia de sus ejercitadas cuerdas vocales o de sus poderosos esfínteres,
sino el contenido de sus discursos: es un pobre hombre que no cesa de decir
tonterías, para vergüenza de una clase dirigente adiestrada en la obediencia a
un líder carismático supuestamente infalible, y que ahora no sabe qué hacer
frente a un viejito maniático que lo mismo diseña vacas enanas que les explica
el insondable secreto científico de las ollas de presión.
La primera pregunta tiene una respuesta bastante sencilla: Castro ha durado casi
cinco décadas en el poder porque ha creado una hermética jaula institucional de
la que no hay escape posible.
Su permanencia no tiene nada que ver
con su talento como líder, ni de sus habilidades como estratega.
No son sus virtudes lo que lo
sostienen, sino sus defectos: su falta de escrúpulos y su ilimitada capacidad
para hacer daño, aún a los que lo rodean, como se comprobó con el fusilamiento
de Arnaldo Ochoa, su mejor general.
Castro controla totalmente el Parlamento, el sistema judicial, las Fuerzas
Armadas, y los medios de comunicación, mientras la Policía política vigila,
intimida y castiga a cualquier miembro de esa estructura de poder que transgreda
la línea oficial.
Los demócratas de la oposición -un
puñado de mujeres y hombres extraordinariamente valientes-, permanentemente
espiados y penetrados por los cuerpos de Seguridad, tampoco pueden moverse más
allá de los estrictos límites que les señala el aparato, y, cuando lo hacen, los
encarcela, maltrata o mata sin la menor compasión.
¿Por qué los cubanos no se quitan a
Castro de encima?
Exactamente por las mismas razones
por las que los norcoreanos no se sacuden a Kim Jong-il: porque no pueden.
Sin embargo, tras su muerte todo comenzará a cambiar, probablemente a un ritmo
muy rápido. ¿Por qué? Porque dentro de la clase dirigente hay una profunda
desmoralización.
No obedecen por convicción, sino por
miedo, y porque saben que la dictadura ni siquiera deja espacio para la
marginación voluntaria. O doblan la cerviz y aplauden, o los barren.
Pero esa humillante situación comenzará a cambiar en el velorio del comandante,
cuando todos sentirán un inmenso alivio en la medida en que el ataúd descienda
dentro de la fosa.
Ese será el momento en que los
reformistas del régimen -la inmensa mayoría- y los demócratas de la oposición,
organizada y pacíficamente comenzarán a desmantelar ese anacrónico manicomio.
|