El perdonavidas duro y frío, pero
con principios morales, que el británico Ian Fleming describe en sus célebres
novelas, no encaja con los personajes que empezamos a conocer gracias a la
documentación secreta a la que hoy tienen acceso los investigadores. En
realidad, esto no es extraño.
En el contexto de la Guerra Fría se
convirtió en una necesidad que los agentes secretos contaran con la simpatía del
gran público. Para lograrlo los voceros de la comunicación de masas se
esforzaron en dibujar un perfil que encajara con lo que el imaginario
colectivo podía aceptar como héroe contemporáneo: un hombre medianamente joven,
atractivo, defensor de los valores de la libertad y capaz de dar la vida por sus
semejantes.
De acuerdo con ese estereotipo, su
papel consistía en enfrentarse con un enemigo brutal y desalmado que,
invariablemente, se proponía destruir el “mundo libre” y los valores de
Occidente.
La realidad ha sido, y es, bien
distinta. Esos personajes épicos que han inundado las salas de cine, la TV, la
novela, los comics y, como consecuencia, nuestra propia imaginación, nunca han
existido.
Las actividades de la CIA se nos han
mostrado como una confrontación en la que los diferentes servicios de
inteligencia se batían cruentamente en una batalla entre el bien y el mal. De
esta forma se creó una ficción nada inocente que trataba de camuflar otras
tareas menos confesables.
Hoy, sin embargo, ya se dispone de
suficientes datos para afirmar que, en muchas ocasiones, los creadores de esa
realidad distorsionada formaban parte de los mismos servicios de inteligencia
que caricaturescamente pretendían representar en los medios de comunicación.
Contrariamente a la imagen que se ha
confeccionado de la CIA, la función que le otorgaron sus patrocinadores
originarios, no era primordialmente estratégico-militar. Su objetivo consistió,
desde el principio, en ganar la batalla de las ideas.
Si el Fondo Monetario Internacional,
el Plan Marshall y el Banco Mundial se convirtieron en los instrumentos
económicos que los Estados Unidos utilizaron a partir de 1945 como muro de
contención contra el avance de los movimientos de izquierda; la Agencia fue la
herramienta que permitió vencer las resistencias ideológicas que colisionaban
con los propósitos norteamericanos de hegemonía mundial
Hoy se encuentra ampliamente
documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos
de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales
aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran
freno a los sectores más radicales del movimiento obrero.
Se crearon decenas de revistas de
cultura y arte en las que, desde una perspectiva aparentemente “neutral” y
“libertaria”, se atacaba y desprestigiaba a los intelectuales más comprometidos
con su tiempo. Y cuando la trama de la corrupción no resultaba suficiente para
imponerse, se preparaban las condiciones para el golpe de estado y el asesinato
del enemigo.