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(IAR-Noticias)
07-Jun-05
Por
Ana Baron - Clarín
El agente Anthony Fata saca
su pistola, una Glock 40. "¿Están listos?", pregunta. "Ok, vamos". Tras forzar
la puerta de la casa número 532 de la calle Linwood, en uno de los barrios más
pobres del área metropolitana de Washington, Fata grita: "¡Police!".
Los cuatros agentes que lo acompañan entran agresivamente en la casa y
rápidamente controlan la situación. Los residentes no tienen tiempo de
reaccionar. Ni siquiera los dos perros que tienen ofrecen resistencia.
"Ustedes no entran. Los chalecos antibalas no son suficiente garantía", dice
Fata a Clarín. En la calle, algunos de los vecinos observan con cara de
odio. A la vuelta hay un camión de la policía que tiene todo lo necesario para
entrar en acción si la situación se desborda y hay tiroteos.
Según los agentes, la búsqueda de drogas da como resultado sólo dos paquetitos
de marihuana. "Es suficiente para que presenten cargos contra ellos", explica
Fata, quien luego agrega que es así como en los barrios hispanos, frecuentemente
"cazan" a los miembros de las pandillas latinas, un fenómeno relativamente nuevo
en Washington que está sembrando el pánico en todo el país". Hay unas
30.000 pandillas con 800.000 miembros operando en 2.500 ciudades de EE.UU.,
asegura el FBI.
"Recientemente degollaron a una ex pandillera en Fairfax. La semana pasada,
intentaron ingresar en el Club Azteca y como les dijeron que estaba lleno,
volvieron con machetes para matar al dueño. Afortunadamente llegamos a tiempo.
Por el momento los pandilleros se matan entre ellos por problemas de
rivalidades, pero en cualquier momento, estoy seguro, que va a caer un policía.
Están fuera de control", cuenta Fata mientras se prepara para el próximo
operativo que tendrá lugar a media cuadra.
De patrulla con la policía por las calles más calientes del área metropolitana
de Washington y en la cárcel donde hay actualmente 17 pandilleros, Clarín
pudo constatar la semana pasada que los pandilleros son jóvenes que están
dispuestos a todo. Pero el solo uso de la fuerza no parece ser la solución mas
adecuada.
En los barrios latinos es fácil reconocerlos. Tienen entre 14 y 24 años, pero
hay hasta de 10. Usan los jeans por debajo de la cintura, con el el gorro de
béisbol puesto al revés. Algunos tienen tatuajes de las pandillas a la que
pertenecen. Marcan el "terreno" donde operan con graffitis en las paredes. Y si
alguna pandilla enemiga se le ocurre cruzar la línea, le cortan un dedo como
advertencia o simplemente lo matan. Lógicamente todo el mundo les teme. Son muy
agresivos en las escuelas donde reclutan a los nuevos miembros.
La rutinaria demostración de fuerza de la policía no los intimida. El jueves por
la noche, cuando el oficial de la unidad especial de la policía de Montgomery
County, Luis Heredia, estacionó su patrullero frente a un supermercado, uno de
los chicos se puso a orinar enfrente nuestro.
Al día siguiente, de patrulla con el oficial James Israel de la policía de
Washington, un joven que pasaba levantó su dedo mayor frente al policía. Israel
se bajó del patrullero. "Arriba las manos", gritó. El chico las levantó con
desgano. Pero sin pruebas de que hayan cometido un delito, la policía no puede
detenerlos y si lo hacen la cárcel es un arma de doble filo.
"Así como los estudiantes aprenden medicina en la universidad, los pandilleros
aprender a ser pandilleros en las cárceles", explicó a Clarín Juan
Pacheco, un ex pandillero que logró reformarse después de haber pasado casi dos
años en prisión.
El oficial Tate Stafford, el especialista en pandillas del correccional de
Montgomery no niega la premisa de Pacheco. "Los pandilleros aprendieron a
comunicarse como los mudos, mediante signos, para evitar que los guardianes en
las cárceles los escuchen. Además, la moda de usar los jeans debajo de la
caderas, con los calzoncillos al aire, salió de las cárceles. Aquí no les
permitimos utilizar cinturones" dijo a Clarín.
Según Stafford, la organización de las pandillas es de tipo militar. En la
ceremonia de ingreso, el candidato es objeto de una gran paliza. A veces
utilizan hasta bates de béisbol. Muchas veces el chico termina ensangrentado,
desmayado. Luego, para ir ascendiendo en la pandilla, deberá ir cumpliendo
misiones cada vez más difíciles.
En el Correccional de Montgomery, donde trabaja Stafford, hay actualmente 17
pandilleros que han sido acusados de robar a mano armada, vender drogas y otros
delitos. Cumplirán sus respectivas sentencias. Pero todos los especialistas
consultados por Clarín coincidieron en afirmar que cuando salgan de la
cárcel van a volver a sus respectivas pandillas. La pandilla parece tener una
sola puerta, la de entrada. Salir es muy difícil.
En Arlington hay 4 pandilleros que han sido acusados de matar a una joven de 23
años que decidió salirse de la pandilla y comenzó a colaborar con la policía.
Para un pandillero ese el peor delito. En general, cuando descubren que un ex
pandillero es informante, primero le cortan la lengua, luego lo degüellan y lo
dejan con la lengua embutida en la garganta.
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