|
(IAR-Noticias)
27-Dic-05
Christian Bagge, Chang Wong, René Martínez... Todos se recuperan de graves
heridas y mutilaciones sufridas en combate en el Centro Médico Militar Brooke de
San Antonio (Tejas). Son algunos de los más de 15.000 soldados estadounidenses
heridos desde que comenzó la guerra de Irak. Componen la otra gran lista de
bajas, la que se suma a la de más de 2.000 muertos.
Por John Carlin - El País,
España
La mayoría de estos
heridos no se cuestionan si la intervención militar estaba justificada o no,
entre otras razones porque eso no les serviría de ninguna ayuda para recuperar
sus miembros segados por la metralla. Uno de ellos, sin embargo, puesto a
señalar un motivo que justifique su misión en Irak, escoge la libertad, "la
libertad para el pueblo iraquí".
Los sargentos Christian Bagge y Chang
Wong del Ejército de Estados Unidos perdieron sus piernas mientras libraban la
guerra contra el terrorismo en Irak. El cabo José René Martínez perdió la cara.
Víctimas de potentes bombas caseras, son tres de los casos más graves de los
15.000 soldados estadounidenses reconocidos oficialmente como heridos en Irak, e
ignorados por el gran público. Son también la prueba viva y dolorosa de la
conclusión de un estudio militar interno, publicado recientemente en la prensa
estadounidense, según el cual el 28% de los veteranos de Irak necesitan atención
médica o psicológica. Como pude observar cuando hablé con ellos durante una
visita supervisada en el Centro Médico Militar Brooke de San Antonio (Tejas),
Bagge, Wong y Martínez han tenido enorme necesidad de ambas cosas.
La pérdida de Bagge es aún más amarga por el dulce recuerdo que la precedió. Se
casó con Melissa, su amiga de la infancia, el 9 de marzo, entre dos misiones en
Irak. Pasaron dos semanas de luna de miel en Las Vegas, y las disfrutaron con el
más profundo deleite por saber que, al acabar, él se subiría a un avión para
dirigirse al lugar más aterrador del mundo. El 3 de enero, seis días antes de
que se cumplieran tres meses de la boda, perdió las dos piernas por debajo de la
rodilla, cuando lo que el Ejército llama un dispositivo explosivo improvisado
(en sus siglas en inglés, IED) estalló bajo el humvee, el vehículo blindado que
conducía.
"Todavía hoy", dice, "pienso sobre todo: 'No es posible que me esté pasando
esto'. Todavía creo que me voy a despertar y encontrarme con que todo ha sido un
mal sueño. Me esfuerzo en ser optimista. Lo soy, por naturaleza, pero me cuesta
y es muy difícil. Es una batalla cada día".
Hablamos en un sitio en el que muchos otros soldados heridos llevan luchando
mucho tiempo: la luminosa sala de ejercicios del Centro Médico Militar Brooke,
donde los médicos están especializados en devolver el movimiento a los amputados
y la piel a las víctimas de quemaduras. La atmósfera pretende ser alegre. En las
paredes hay fotografías enmarcadas de soldados mutilados practicando el tiro con
arco o esquiando en la nieve.
Bagge, que tiene 23 años, como su mujer, está sentado en un colchón de plástico
negro, tan alto como una cama, con sus dos muñones vendados apoyados en el
borde. Clásico chico estadounidense -limpio, serio y expresivo-, Bagge confiesa
que entró en el ejército hace seis años para obtener educación universitaria
gratuita, pero se vio sorprendido porque le llegó a entusiasmar la vida de
soldado. "En Irak había tensión constante, claro. Patrullábamos mucho a pie,
registrábamos supuestas aldeas terroristas. Saltábamos de helicópteros,
irrumpíamos en los pueblos y echábamos puertas abajo. Estabas muy asustado, pero
te aficionabas a la excitación. No puede haber nada más emocionante en la vida".
Melissa, rubia, atractiva, con las uñas de los pies pintadas, está sentada a su
lado y escucha impasible, como si estuviera acostumbrada a oírle hablar así,
oscilando entre la frustración y la necesidad de sacar algo de permanente valor
del sacrificio de sus piernas. De vez en cuando, ella pasea su mirada por la
sala con la vacuidad de lo cotidiano, mira a los enfermeros, los
fisioterapeutas, la media docena de jóvenes a los que les falta algún miembro y
que están aprendiendo a dar los primeros pasos sobre unas patas metálicas y
largas, de alta tecnología -con unos microprocesadores diseñados para "control
de caídas"-, que les permitirán no sólo volver a andar sino incluso a correr. A
su marido le van a probar unas por primera vez el día de mi visita.
Tiene a su favor su fe en Dios, explica. Sus padres fueron -y siguen siendo-
misioneros cristianos en Bolivia. Él tocó la batería en un grupo de rock
cristiano. Sin embargo, la batalla cotidiana que dice librar en su interior,
entre el optimismo y la amargura, se detecta cuando recuerda los detalles de lo
que le pasó. Las palabras de Bagge apuntan a una profunda desilusión, pero su
tono de voz no es ni quejoso ni resentido. En su preocupación por mantener un
control "profesional" -así lo asegura más de una vez-, por recordar que es un
militar hablando con un periodista, no sentencia, no protesta abiertamente por
la cruel sucesión de desgracias y errores de juicio que desembocaron en el
incidente en el que perdió sus piernas. Se limita a enumerarlas.
"Se suponía que no debíamos estar patrullando a una hora tan tardía de la noche,
se suponía que no debíamos estar en aquella parte del desierto, se suponía que
yo no debía conducir; sin embargo, todo eso pasó", explica. "El soldado que
tenía que conducir el humvee se dejó las gafas de visión nocturna en nuestra
base de Kirkuk, así que yo, que no me había olvidado las mías, me puse detrás
del volante". La bomba, enterrada en la arena, estalló a las 4.20, al hacer
contacto con la rueda más cercana al asiento del conductor. "La explosión hizo
un ruido tremendo y luego, durante una eternidad, silencio. Entonces, Méndez
empezó a decir nuestros nombres. Oí a los otros cuatro que respondían: 'Ok; Ok;
Ok; Ok'. Y empecé a dar unos alaridos incontrolables, hasta que alguien gritó:
'¡Bagge está herido!' Me noté el uniforme húmedo por la sangre. Bajé la vista y
vi que la puntera de mi bota izquierda había girado 180 grados y miraba hacia
atrás. Y pensé: 'Esto no está bien'. No podía ver la rodilla derecha, y el brazo
izquierdo me dolía enormemente, y me di cuenta de que estaba atrapado en el
amasijo de instrumentos del vehículo. Entonces les di a mis compañeros el correo
electrónico de mi mujer y recé, porque supe, supe, que iba a morir".
Un intrépido piloto de helicóptero decidió saltarse la burocracia que retrasaba
el rescate de Bagge. Tuvo que esperar 90 minutos, me explica, por las normas que
restringen las misiones nocturnas para los helicópteros de evacuación médica.
"Dos horas más así, y habría muerto desangrado", cuenta Bagge, que se esfuerza
en mantener un tono estrictamente objetivo, pero no puede contener cierta
exasperación al recordar cómo le dieron la noticia a su esposa.
Ella dice que vivió aterrada cada día que él estuvo lejos, a diferencia del
resto de su familia que, "como la mayoría de la gente", oían noticias
ocasionales en los informativos de televisión sobre soldados que morían en Irak,
pero no tenían "ni idea" de los muchos más que volvían heridos. "La primera vez,
llamaron para decirme que tenía dos piernas rotas y un dedo del pie amputado",
recuerda Melissa. "Luego volvieron a llamar, un par de horas más tarde para
decir que tenían más noticias, que habían amputado las dos piernas...". "Y
luego", prosigue Christian, luchando para contener su enfado, "llamaron con otra
novedad. Dijeron que me habían amputado el brazo izquierdo...".
Estuvieron a punto, pero, gracias a un milagro de la ciencia -realizado bajo una
larga y tortuosa cicatriz roja que recorre el interior de su codo-, consiguió
recuperar el uso del brazo. Ahora observa su poderoso bíceps y lo flexiona. Pero
en esa breve mirada, ve algo por el rabillo del ojo que borra el germen de
sonrisa que afloraba. Lo que ve es una imagen de su futuro: un soldado flaco y
de triste rostro que entra en la sala sosteniéndose con dificultad sobre dos de
esas patas metálicas inteligentes que pronto se convertirán en compañeras suyas
para toda la vida.
Una mujer también menuda y delgada, vestida de civil, lleva al joven del brazo y
le acompaña hasta una bicicleta de ejercicios, donde le ofrece el hombro para
que, entre muecas y sudores, pueda subirse al asiento y colocar sus frías
extremidades sobre los pedales. Es de imaginar el dolor y la dificultad que debe
suponer adaptarse a esas piernas de androide, sujetas con un tornillo a la
rodilla y rematadas con unas zapatillas de deportes, de marca, donde antes iban
los pies.
El soldado es Chang Wong, y la mujer que le acompaña es su madre. Los dos
nacieron en Malaisia. Ella le trajo a Estados Unidos cuando tenía dos años, en
busca del sueño americano. Su rostro es la imagen de la melancolía.
Mientras Chang Wang pedalea enérgicamente con sus piernas nuevas, con los ojos
inyectados en sangre y el rostro en un gesto de dolor que revela Dios sabe
cuántas lágrimas solitarias, se siente obligado a explicar que los iraquíes se
pueden dividir en "buenos", que son los "amigos", y "malos", que son unos
"buitres". "Siempre nos estaban pidiendo golosinas y cosas", dice, respirando
con fuerza y proyectando su infelicidad en los pedales. "Buitres, sí. Ésa es la
palabra".
¿Se arrepiente de haberse alistado y haber ido a luchar a Irak? "No sirve de
nada quejarme de mi destino", responde, "porque ya no se puede hacer nada. No me
va a servir de nada. Así que más vale no arrepentirse". Ve algo detrás de mí y
se calla, como había hecho antes Bagge al verle a él. Me doy la vuelta y veo
sentado, en el gran colchón de plástico negro situado detrás de Bagge, a un
soldado grandullón, casi tan ancho como alto es Chang Wong, sin las dos piernas
-uno de los muñones, muy por encima de laa rodilla-. Tiene la cara cubierta por
las manos, enterrada en el colchón, y solloza sin parar, en silencio, agitando
suavemente sus anchos hombros. Chang Wong respira hondo y aparta la mirada para
fijarla en algún punto lejano. ¿No está resentido, pues? "Tengo que ver el lado
bueno", responde. "Estoy vivo. Muchos otros han muerto. Muchos otros están peor
que yo".
Christian Bagge dice lo mismo sobre los heridos de la Unidad de Quemados. "Tengo
suerte", dice. "Allí se ven cosas mucho peores que aquí. Prepárese. Es duro. No
tengo palabras para lo que viven esos tipos, los rostros quemados e
irreconocibles. Uno se queda mirándolos, no puede evitarlo. A veces, me pregunto
si no es mejor estar muerto".
Es el caso de un soldado de 19 años, llamado Merlin, que sufrió quemaduras en el
97% de su cuerpo por una explosión ocurrida en febrero de este año. La única
parte de su cuerpo que quedó indemne fue la planta de los pies. Ocho meses
después, seguía en cuidados intensivos. Tenía momentos en los que el dolor
disminuía y estaba lúcido. En uno de esos instantes, hace poco, le pidió a un
voluntario que le visitaba que le consiguiera el vídeo de una película que
deseaba ver: Scarface, Cara Cortada, la violentísima película protagonizada por
Al Pacino.
No es fácil saber qué consuelo podía extraer de ver una película así, pero lo
que está claro es que ningún encargado de efectos especiales de Hollywood sería
capaz de alcanzar el horror real del rostro de Merlin, visible a través de una
ventana cuando estaba tendido en un quirófano en el que se sometía a la rutina
diaria de limpieza y desinfección de su cuerpo despellejado. Mientras una
enfermera y un médico cubiertos con máscaras le limpiaban con algo que parecía
gasa, él se quejaba y gritaba. La cara era una masa gelatinosa, blanca y rosada.
Casi igual de desgarrador es el espectáculo en el ala de terapia ocupacional de
la Unidad de Quemados donde enseñan a los heridos a volver a utilizar sus manos
abrasadas. Unos enfermeros especializados se sientan en las mesas con media
docena de jóvenes terriblemente desfigurados -a veces es difícil decir si son
hombres o mujeres- y se ocupan pacientemente de sus espantosas lesiones.
Uno de los que observan la escena es José René JR Martínez, que ya ha pasado por
eso y tiene cierta idea de lo que está sufriendo Merlin. "Estos chicos acaban de
salir de cuidados intensivos y éste es el primer paso de un largo viaje", dice
JR, que tiene 22 años y cuya madre procede de El Salvador. Lleva dos años y
medio en el Centro Médico Militar Brooke. Ha sufrido 33 operaciones. Antes, del
cuello para arriba, tenía el mismo aspecto que tiene ahora Merlin. La bomba que
le quemó el rostro estalló hace dos años y medio, cuando llevaba menos de un mes
en Irak. "Mi madre vino al hospital inmediatamente después de que me trajeran,
y, cuando se asomó a la misma ventana por la que acabamos de ver a Merlin, dijo:
'No, ése no es mi hijo".
Hoy, JR guarda cierto parecido físico con el joven que entró en el ejército a
los 19 años. Tiene un agujero donde antes estaba la oreja izquierda, pero tiene
labios, y una nariz pequeña, y la cara y la cabeza, calva, están cubiertas por
un mosaico de trozos de piel morena estirada, procedente, sobre todo, de su
pecho. Y, tal vez lo más milagroso, tiene párpados. Durante tres meses no los
tuvo. Hicieron falta siete operaciones para colocarle unos que funcionaran.
"Soy afortunado", dice JR. "Estuve 10 minutos dentro de un humvee en llamas,
hecho una auténtica bola de fuego, antes de que me pudieran sacar. Y, sin
embargo, sólo sufrí quemaduras en un 40%. He visto a muchos peores que yo. Ahora
estoy con fuerzas y todos los días le doy gracias a Dios por estar vivo".
Es fuerte. Hombros anchos, voz segura. A diferencia de Chang Wong, no se siente
confuso. A diferencia de Christian Bagge, no alberga ninguna ambigüedad. "Claro,
la primera vez que me vi la cara en el espejo, mi reacción fue sentirme furioso,
negarlo, esto es un mal sueño, por qué yo. Pero lo que nunca hice fue
arrepentirme de haber entrado en el ejército o haber ido a Irak. Estaba
orgulloso de ello, y sigo estándolo".
JR ha viajado por Estados Unidos para pronunciar discursos de motivación ante
reuniones de veteranos y actos del Club de los Rotarios. Lleno de energía y
decidido a escribir alguna vez un libro sobre su experiencia, el resto del
tiempo lo dedica a ser el encargado extraoficial de subir la moral a otros
heridos como él, de ser el filósofo residente. "No todo el mundo tiene la misma
actitud que yo, por supuesto. Hay muchos que sí que dicen que les gustaría no
haber ido a Irak, que harían lo que fuera para dar marcha atrás al reloj.
Algunos llegan a decir que preferirían estar muertos. Pero es una etapa que hay
que superar. No sirve de nada arrepentirse. Cada uno tiene su vida y hay que
sacarle el mejor partido posible. No vale de nada detenerse en los 'y si...'. En
mi caso, incluso me alegro de que me ocurriera esto. Prefiero a este JR que
habla que al que era antes. Me siento mucho más rico. Mucho mejor como ser
humano".
También se siente satisfecho con la guerra de Irak. "La apoyo por toda la
libertad que tenemos en Estados Unidos. ¿Le gustaría vivir en la situación de
los iraquíes? ¿No tener libertades ni derechos? ¡Por supuesto que no! Si
nosotros disfrutamos de estas libertades, ¿por qué no podemos dárselas también a
los iraquíes? Es verdad que en Irak hay gente mala, pero también hay mucha
buena. Recuerdo que algunas personas nos aplaudían cuando pasábamos...". El
reciente referéndum sobre la nueva constitución en Irak fue importante para JR.
"Al ver eso, uno entiende por qué ha sufrido quemaduras graves, por qué un amigo
perdió su pierna, por qué vio cómo otro amigo moría. Lo hicimos por eso. Para
que pudieran votar".
Christian Bagge no se muestra tan directo ni tan seguro a la hora de decir
cuántos iraquíes "buenos" o agradecidos había allí. "Los kurdos se alegraron de
ser liberados, pero en las comunidades árabes había que estar vigilantes en todo
momento. A veces nos invitaban a tomar el te, pero un segundo después te
apuñalaban. Creo que era una treta, que aparentaban ser amables con nosotros.
Eran medidas estratégicas para hacer que nos confiáramos. En mi opinión, era un
engaño deliberado".
Al propio Bagge, su ejército le pidió que participara en una pequeña estrategia
de engaño durante una reciente ceremonia de entrega de galardones en la que
recibió un Corazón Púrpura. Antes de empezar, le dijeron que el público "no
quería que le perturbaran", que querían que el acto fuera "agradable de ver".
Por eso los organizadores le dieron unos pantalones largos especiales, diseñados
para tapar los muñones de las piernas. Bagge dijo: "De acuerdo", y, al día
siguiente, llegó a la ceremonia en silla de ruedas, con pantalón corto y las
heridas a la vista de todos.
No obstante, Bagge insiste en todo lo bueno que le ha proporcionado el ejército,
empezando por la camaradería. Recuerda con especial cariño a un "grandullón,
paleto y terriblemente homófobo", llamado Richard Chance, que le tuvo
estrechamente abrazado todo el tiempo mientras esperaba, ensangrentado, a que
llegara el helicóptero de auxilio médico.
Por muy conmovedoras experiencias que haya vivido a veces con sus compañeros de
armas y pese al extraordinario tratamiento médico que recibe, Bagge no parece
tan seguro de su aprecio hacia el ejército como institución y a los poderes
fácticos en general. No parece tener la misma necesidad que Martínez de
conservar su fe terrenal. Ni tampoco parece haber alcanzado aquella paz, basada
en la convicción de que la causa fue justa, que Martínez está convencido de
haber logrado. Tal vez eso llegará más adelante. Tal vez le tenga que llegar
para poder reconciliarse con el infierno que ha vivido, y el que le queda aún
por vivir. Pero, por ahora, ante la gran pregunta, ¿mereció la pena?, Bagge
reconoce que tiene serias dudas. No le gusta admitirlo porque es un soldado,
repite, y es consciente de las repercusiones de sus palabras. Pero las dice, de
todas formas.
"Debo tener cuidado con lo que digo porque quiero ser profesional, pero la
verdad es que no estoy seguro sobre el precio que he pagado, porque los motivos
para la intervención militar de Estados Unidos en esa parte del mundo han sido
confusos. ¿Cuáles han sido?: primero íbamos a capturar a Bin Laden en
Afganistán; luego, las armas de destrucción masiva y Sadam Husein; y luego, la
libertad. Tengo que escoger uno. Así que escogeré la libertad, supongo. Sí, eso.
La libertad para el pueblo iraquí".
|