Las
ambiciones geopolíticas de Washington se han visto robustecidas gracias a la
firma de numerosos tratados y protocolos sobre cooperación estratégica con
México y otras naciones hemisféricas.
En este sentido, el Tratado de
Libre Comercio para Norteamérica (TLCANPLUS) forma parte del proyecto de
expansión de los Estados Unidos en América Latina. Tal situación le permitirá al
gobierno norteamericano amplificar y diversificar sus conquistas de mercados de
materias primas estratégicas.

Todo ello fortalece la doctrina de
seguridad estadounidense y la proyección de venideras intervenciones militares
en la zona. Asimismo, la directriz geopolítica esbozada para el hemisferio
incluye el sometimiento de México frente a la "guerra contra el terrorismo"
promovida por Washington. Punto menos, la malla geopolítica tendida sobre esta
región mediante tratados y actas de “cooperación” mercantil-militar fortificará
el dominio sobre los recursos energéticos regionales.
En los últimos años se han endurecido
los propósitos expansionistas de Washington en Latinoamérica. Semejante
escenario geoestratégico, largamente ambicionado gracias a sus ingentes recursos
petroleros, constituye una zona de inestabilidad y choque entre las potencias
emergentes euroasiáticas (China, India, Rusia, Alemania y Francia) y los Estados
Unidos quienes, en su ascendente política de expansión ideológica-militar, han
constituido la Comunidad Económica de Norteamérica (mejor conocida como
TLCANPLUS) con tal de mantener el control territorial de la desestabilizada
región.
En su afán por transformar al
Hemisferio en una base de operaciones para contener el avance euroasiático,
Washington ha tratado de consolidar su hegemonía sobre los aparatos de
inteligencia y seguridad regionales, pues en su mayor parte la asistencia en la
materia que recibe México proviene de la Casa Blanca.
Como acertadamente nos dice el
analista Alejandro Álvarez Béjar , “una de las medidas adoptadas después del 11
de septiembre fue la instrumentación de un ambicioso “Plan Antiterrorista entre
Estados Unidos, México y Canadá”, dirigido básicamente a limitar e impedir la
circulación de miembros de “grupos extremistas”. (México en el siglo XXI,
¿hacia una comunidad de Norteamérica?)
Esta “cooperación” tiene objetivos
geopolíticos, relacionados con la dominación total del continente Americano,
y específicamente con el control de sus aparatos de inteligencia y seguridad. En
realidad, tal “asistencia” constituye la agenda secreta de Washington para
descarrilar cualquier proyecto multinacional opuesto a sus intereses.
La íntima “cooperación” en el campo
mercantil-militar entre México y Washington se inicia en 1993, cuando el
gobierno mexicano y el Banco Mundial rubrican el proyecto denominado Corredor
Biológico Mesoamericano, cuya instrumentación redundará en la privatización de
la segunda reserva biogenética a nivel planetario.

Para ilustrar semejante designio, el
distinguido investigador Álvarez Béjar comenta que “actualmente ya operan en el
área desde supuestas Organizaciones no Gubernamentales "ambientalistas",
hasta universidades estadounidenses y multinacionales dedicadas a patentar los
códigos genéticos de la flora y fauna.”
Como parte de la misma estrategia
geopolítica de alcance global, más tarde los gobiernos de los Estados Unidos,
México y Canadá consumaron una reunión oficial para ratificar el Plan Energético
de América con vistas a la creación de un mercado común de hidrocarburos,
como antesala al amplio acuerdo sobre Integración Eléctrica para América Central
(SIEPAC), financiado por la trasnacional Endesa.
Ambos proyectos incluyen la
construcción de un oleoducto para transportar el energético desde Venezuela y
Colombia hasta Texas, pasando antes por Centroamérica, Veracruz y el norte de
México.
Tras la firma en 1993 del Corredor
Biológico Mesoamericano, los gobiernos de los Estados Unidos, México y Canadá
firman el denominado Plan Sur, mediante el cual México se compromete a
sellar su frontera sur e impedir el tránsito de indocumentados. Finalmente,
Washington anuncia la puesta en marcha del proyecto Nuevos Horizontes, el cual
tiene como objetivo la militarización de Centroamérica.
Para consolidar la alianza
estratégica entre México y los Estados Unidos, el presidente norteamericano
George Bush visitó Monterrey en el 2002, con el propósito de ratificar una serie
de acuerdos sobre intercambios en materia energética y de seguridad entre ambas
naciones.

Las reuniones para firmar los
protocolos se intensificaron días más tarde, cuando el secretario de gobernación
Santiago Creel se entrevistó en repetidas ocasiones con el anterior director de
seguridad interna de los Estados Unidos, Tom Ridge, para quien “los ataques del
11 de septiembre representan una gran oportunidad para que México y los Estados
Unidos construyan la frontera moderna y eficiente del Siglo 21.”
Como podemos apreciar, la doctrina
geopolítica anglosajona ha transformado al Hemisferio occidental en una zona de
inestabilidad y choque, acomodada a sus intereses expansionistas.
Por tal razón, la región se ha
convertido en un núcleo de atracción para los jugosos negocios globales de
inteligencia, pues el enfoque trilateral de seguridad fronteriza entre los
Estados Unidos, México y Canadá ha sido un campo fructífero para el complejo de
seguridad anglosajón, tremendamente interesado en obtener dividendos
geopolíticos gracias a la modernización de los aparatos de inteligencia de las
tres naciones.
El propósito de tal “agenda secreta”
es consolidar el avance hegemónico anglosajón mediante la penetración de las
corporaciones privadas de inteligencia en Latinoamérica.
Al ser instrumentado el itinerario
geopolítico de la seguridad estadounidense se pretende controlar los sistemas
de inteligencia y militares de aquella región, y fortalecer el papel
desempeñado por la industria privada de seguridad, al incentivar sus ventas en
el exterior.
Paralelamente, la firma de numerosos
protocolos y actas sobre ayuda, asistencia y cooperación estratégica le
permite a Washington ampliar y conservar la conquista de mercados de
inteligencia, y robustecer sus aspiraciones geoeconómicas.
En contraparte, desde el 2000 China y
Rusia incrementaron sus nexos geoestratégicos con la firma de numerosos tratados
militares entre ambas naciones y con los demás países de Asia Central, Europa y
América Latina.
A este tenor, la política de defensa
estratégica chino-rusa extendió sus fronteras desde Azerbaiyán hasta Indonesia,
India, Argentina, Brasil y Venezuela. Por tal motivo, el avance hegemónico de
Washington en Latinoamérica se estrella contra los intereses estratégicos de
Rusia y China, cuyas notables inversiones en Sudamérica parecen
contrarrestar el poderío anglosajón.
En
tal sentido, destacan los acuerdos de cooperación estratégica a largo plazo
firmados por Rusia y China con Venezuela, Brasil y Argentina en el 2004, donde
se incluye una política de apertura hacia la tecnología militar de punta rusa y
china, incluyendo la venta de aeronaves y embarcaciones.
Según expresó el Viceministro de
Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, Serguei Kislyak, durante la III
Reunión del Mecanismo Político de Consultas entre Venezuela y Rusia: “en
Venezuela vemos un amigo, un camarada para desarrollar nuestras relaciones de
aquí a muchos años; Venezuela es para Rusia un socio clave en el Continente
y muy importante en el ámbito de la ONU y otros organismos multilaterales donde
se define el futuro de la humanidad.” (Prensa MRE 21/03/05)
Recordemos que a escasas semanas del
discutido triunfo neoconservador en la Casa Blanca, Venezuela y Brasil
anunciaban el nacimiento de una “alianza estratégica” para la integración
energética sudamericana. Mientras tanto, China y Bolivia incrementaban la agenda
de cooperación militar, mediante el intercambio de puntos de vista sobre
“asuntos de interés común como la colaboración internacional y antiterrorista y
la construcción de la defensa nacional.”
Cualquier inexperto en asuntos
internacionales olvidaría que la política exterior estadounidense descansa en
el engrandecimiento de su industria armamentista representada por sus cinco
gigantes corporativos, íntimamente ligados al complejo militar británico, y en
feroz competencia contra chinos y rusos.
Así las cosas, la estrategia militar
manejada por el bloque euroasiático meses antes del 11 de septiembre del 2001
despertó las previsiones geopolíticas de Washington, cuyas usinas belicistas
preparan ahora la ofensiva definitiva sobre los pletóricos yacimientos
energéticos desde el estrecho de Malaca hasta el Golfo de Maracaibo.
No olvidemos la interesante hipótesis
de Michel Klare, para quien: “los EEUU dependerán, cada vez más, del petróleo de
los "vecindarios peligrosos" como el Golfo Pérsico, el Mar Caspio, Colombia,
Venezuela y África. Incluso, los EEUU buscarán proteger su acceso a estas áreas
estacionando tropas allá o, de otra manera, usando la fuerza militar. El
resultado, me temo, es una inacabable serie de guerras por el petróleo. (http://www.crisisenergetica.org/article.php?
story=20041015182612621)
Realmente, el expansionismo
estadounidense en Latinoamérica –del cual forma parte el TLCANPLUS- robustece
los designios geopolíticos de Washington a largo plazo, es decir, la conquista
del espacio hemisférico, el control de sus principales rutas estratégicas y de
los servicios de inteligencia regionales.
Así, esta fachada libertaria y
democrática se transforma en el camuflaje de los intereses corporativos
globales.
Isidro
Herrera Hernández*
Investigador del Centro de Estudios Estratégicos y Geopolíticos (CEEG)
ceeg_mexico@yahoo.com.mx
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