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(IAR-Noticias) 11En04
La agenda política del presidente George W. Bush se concentra prioritariamente en
dos temas principales: la ocupación militar de Irak
y la campaña por la
reelección presidencial en noviembre de este año.
Irak se ha convertido en una pesadilla para los intentos reeleccionistas
del jefe político del Imperio americano, quien no quiere repetir la experiencia de su
padre que perdió la presidencia tras haber triunfado en la primera
Guerra del Golfo en 1991.
Todos los especialistas coinciden en que el actual mandatario de EEUU tiene su futuro político condicionado a
lo que pase de aquí a noviembre con las tropas de ocupación norteamericanas en Irak.
El "empantanamiento" de
las fuerzas estadounidenses en Irak, el alto costo económico y en vidas que
genera la ocupación militar, son los principales
argumentos de las campañas contra Bush dentro y fuera de los Estados Unidos.
El precandidato
con mayores posibilidades de enfrentarlo, el demócrata Howard
Dean, basa su campaña en una crítica constante a la invasión de Estados
Unidos contra Iraq, y sostiene que las políticas exterior e interna de la
Administración Bush no han hecho al país más seguro ante eventuales ataques
terroristas.
Además, Dean propone
desarrollar una política de cooperación y no de confrontación a nivel
internacional, lo cual -según él- le devolvería a su gobierno el respeto y la
credibilidad del mundo.
Según la última encuesta
de la consultora Gallup, Dean se mantiene al frente de los demócratas con el 24
por ciento de la intención de votos, seguido por el general (retirado) Wesley
Clark, quien tiene a su favor el 20 por ciento.
Atrás quedaron los bombardeos
"exitosos" y la ocupación de Yugoslavia y Afganistán, ahora el objetivo de los
halcones de la Casa Blanca está centrado en controlar el polvorín de la
ocupación militar de Irak.
Tras
la aventura de apoderamiento de Irak en sólo 22 días, la famosa "guerra
relámpago" de Rumsfeld, las tropas norteamericanas han sido sometidas a un
asedio constante por parte de la resistencia iraquí que ya les ha causado
más de doscientos muertos y centenares de heridos entre sus soldados.
Encuestas y
presupuesto militar
Los últimos sondeos
marcan una decadencia pronunciada de la imagen presidencial de Bush, y
nada indica que en los próximos meses esa tendencia se vaya a revertir.
La reciente captura de Saddam
Hussein impulsó algunos puntos arriba a la figura del presidente norteamericano,
pero la creciente escalada de ataques y de bajas que experimentaron luego
las tropas norteamericanas convenció a la sociedad estadounidense que "todo
sigue igual" con el ex líder iraquí detrás de las rejas.
La "gloria" de la captura de
su "archienemigo" se le esfumó en pocos días a Bush, y hoy las encuestas le
marcan un virtual "empate técnico" con el principal candidato de los demócratas,
Howard Dean,
a las elecciones presidenciales que se realizarán dentro de 11 meses.
El presidente de EEUU enfrenta
una oposición interna feroz por parte de sus adversarios electorales
atrincherados en el Congreso y en los medios de comunicación.
Los ataques de sus enemigos
internos giran sobre dos aspectos centrales: el gasto militar y el déficit
presupuestario de Estados Unidos.
El costo
de la ocupación militar y la reconstrucción de Irak demanda US$ 1.000
millones semanales al Estado norteamericano, según lo declarado hace poco
por el administrador civil norteamericano, Paul Bremer.
Esa cifra
absorbe casi la totalidad del déficit presupuestario estimado en 480.000
millones dólares para el ejercicio del año 2004, según el Congreso de EEUU.
Mientras las corporaciones y
los bancos estadounidenses hacen jugosas ganancias con los contratos de la
reconstrucción de Irak, el Estado norteamericano ya ha invertido más de US$
35.000 millones en los costos operativos de la ocupación, cifra que en sesenta
días más superará en dos veces el costo total que demandó la guerra relámpago
de apoderamiento de ese país.
Francia, Rusia y Alemania se
niegan a poner sus tropas bajo el comando político y militar norteamericano
hasta que sus bancos y transnacionales no reciban "garantías" de mayor
participación en el festín de la "reconstrucción de Irak", cuya tajada principal
se llevan EEUU y su satélite británico.
Bush se niega a pagar el
"precio" de ceder el control político, militar y económico de la
"reconstrucción" de Irak a la ONU, o sea a sus inestables aliados
europeos que le exigen mayor participación en el botín de guerra.
La dinámica de la
resistencia iraquí, con su secuela ininterrumpida de bajas norteamericanas,
torna casi imposible su ascenso en las encuestas electorales de aquí a
noviembre, fecha de los comicios presidenciales.
Sus rivales del Capitolio, en
tanto, ya le adelantaron que no le concederán un incremento del
presupuesto militar, y esta opinión comienza a expandirse entre las
propias filas de los republicanos "blandos".
Tanto por el lado del frente
"interno" como del "externo", Bush aparece como dentro de un cuadro de "atrapado
y sin salida".
Bush y los halcones del Pentágono permanecen "atascados" en la trampa de
Irak, y su única salida de aquí a noviembre pasa por el envío de más tropas y
equipos militares que contribuyan a mantener a raya a la resistencia iraquí.
Los
generales del Pentágono y los comandantes de Irak -en sucesivos informes que
elevaron a Donald Rumsfeld- le hicieron saber que para mantener la seguridad de
Irak hacen falta por lo menos medio millón de hombres (en estos momentos
las fuerzas militares en Irak suman 150.000 efectivos).
Para el envío de nuevas tropas Bush y su administración necesitan imperiosamente
que el Congreso de EEUU les apruebe nuevas partidas de gastos militares,
y sus adversarios demócratas que controlan las mayorías en las cámaras no
piensan otorgárselas.
De los 155 batallones de combate del ejército
estadounidense, 98 se encuentran desplegados en tareas activas fuera de los
Estados Unidos, además ya se ha convocado a 136.000 miembros de la Guardia
Nacional y las reservas.
Los gastos militares de EEUU aprobados con anterioridad a la guerra de conquista de Irak insumen casi la totalidad de su déficit presupuestario
estimado por el Congreso en 480.000 millones de dólares.
De este total, el presupuesto de la "guerra contra el terrorismo"
asciende a 120.000 millones de dólares anuales.
El gigantesco sistema de inteligencia para espiar a amigos y enemigos - puesto
en marcha con la doctrina de "guerra preventiva" contra el "eje del
mal"- costó 35.000 millones de dólares en 2003: casi un 10% de su
presupuesto militar que es superior a los combinados de los veinte países más
militarizados del mundo.
Esta maquinaria de inteligencia incluye a la CIA (Central de Inteligencia
Americana) cuyos gastos se estiman entre 3.000 y 4.000 millones al año; la NSA, (National Security Agency), que depende del Pentágono con un
presupuesto de 5.000 millones de dólares al año y 25.000 agentes que se
ocupan de las escuchas en el mundo entero.
La guerra de Afganistán ha costado en un año 17.000 millones de dólares, en
tanto que la ocupación de Irak (considerando los 20.000 millones de dólares
que insumieron las operaciones militares de conquista) hasta el momento le
cuesta al Tesoro norteamericano alrededor de 60.000 millones de dólares,
según lo informado por funcionarios de Washington.
El 11-S permitió elevar los presupuestos de defensa un 18% con la
excusa de la "guerra antiterrorista" enmarcada en la nueva Doctrina de
Seguridad estadounidense, y en el procedimiento de "guerra preventiva" lanzado
por Bush y los halcones tras la voladura de las Torres Gemelas.
Con estos números en la mano, el conocido historiador
Paul Kennedy afirma que el actual despliegue militar norteamericano en el mundo
es "imposible de sostener en el largo plazo" por la crisis
económica que engendra.
El monstruo bélico que desató Bush tras el 11-S se le volvió en contra.
Las guerras de conquista emprendidas por los halcones hoy se "comen el dinero de
los contribuyentes" y constituyen el talón de Aquiles del presidente, que
sus adversarios utilizan como argumento para tratar de derrotarlo en noviembre
de este año.
El presupuesto militar estadounidense (más de mil millones de dólares por día)
es el caballito de batalla y el principal eje argumental que exhiben los
demócratas contra Bush ante la sociedad norteamericana.
La nueva
cruzada contra el "eje del mal"
El este contexto, y como "globo de ensayo" de la administración
republicana para detectar la disposición internacional para una nueva
cruzada contra el "eje del mal", una oleada de "alertas antiterroristas"
se extendió desde Washington a todas las capitales europeas, dos semanas antes
de las fiestas de fin de año.
El fantasma del "terrorismo", la escalada permanente de los "alerta", los nuevos
visados y el fichaje de pasajeros le sirven al gobierno de Bush para
justificar la cifra sideral invertida en la maquinaria militar y de
inteligencia, y a la vez para mantener a la sociedad estadounidense en un estado
de "conmoción" y olvidada de los muertos norteamericanos en Irak.
Para muchos especialistas es la única salida posible que tienen Bush y los halcones para remontar
en las encuestas la reelección presidencial en noviembre.
El Gobierno británico, socio de EEUU en la "guerra antiterrorista", dio sus
propias explicaciones de los "alerta" extendidos en su territorio: "fuentes
de inteligencia han advertido de planes terroristas , señaló el ministro
británico de Transportes, Alistair Darling.
La reiteración de estas emergencias sin que "nada pase",
llevó a que sectores de la
propia prensa británica se interroguen abiertamente sobre la credibilidad de
los datos de los servicios secretos y si los mismos justifican las medidas
extremas de seguridad que se han implementado.
La anulación de vuelos, los estrictos controles a los pasajeros, tanto a la
salida como a su llegada al aeropuerto de Washington, agregado a la presencia de
agentes armados en algunos aviones, han planteado un gran debate en Gran Bretaña
y en Europa sobre la veracidad de las amenazas y las medidas de seguridad
dispuestas.
El propio gobierno francés ha criticado la "falta de precisión en las
informaciones" que llevaron a suspender seis vuelos de Air France a Los Angeles
y a detener otro en Gandor (Terranova) durante tres horas.
De acuerdo a las experiencias vividas tras los acontecimientos del 11-S,
lo único que puede
impulsar a Bush y a Blair al tope de las encuestas es una revitalización de la
"guerra contra el terrorismo"
El destino de Bush como el de Blair, su imagen pública y electoral, dependen hoy
como nunca del "peligro terrorista" que justifique sus cruzadas bélicas y
les acredite consenso social y político a sus desgastadas administraciones.
Esto es, que Al Qaeda deje de ser una "amenaza" y se convierta en
"realidad" por medio de atentados selectivos contra blancos de Estados
Unidos y Europa.
Un nuevo 11-S, quizá en EEUU, quizá en Europa, es una salida más que
lógica para Bush, Blair, y el complejo entramado del capitalismo
trasnacional que extrae su tasa de ganancia de las guerras de conquista.
Eso le serviría a Bush
y el lobby militar de Washington para crear nuevas bases de consenso social y
político para la aprobación de nuevas partidas militares destinadas a Irak, por
parte del Congreso de EEUU.
Todo indica que los
halcones del Pentágono, así como sus socios del complejo militar británico,
quieren desenterrar la mística de la guerra contra el "eje del mal" para
salvar a sus respectivos líderes de la guillotina de la opinión pública sobre la
guerra de Irak.
Y para conseguir nuevamente
consenso político y social a sus planes de invasión tienen que "mostrar al
terrorismo en acción".
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